“Los dones del Espíritu para la iglesia,” Tomo II:1-7
Por:  Dr. Donald T. Moore

                                                       

            Pablo escribió 1 Corintios en respuesta a problemas[1] e inquietudes de la iglesia de Corinto, la cual fue compuesta principalmente de gentiles que todavía faltaban madurez espiritual y aun algunos eran carnales. Uno de esos problemas, el de los dones o carismas cristianos, ocupa los tres capítulos del 12 al 14. Algunos miembros que hablaban en lenguas extrañas reclamaban tener los mejores dones y por ende reclamaban ser los mejores cristianos y eso causaba conflictos entre los hermanos. Pablo hizo el esfuerzo por corregir la situación interna de la iglesia por medio de consejos sabios en su carta. Su táctica era hacer claro que todos los dones -- sin excepción -- provenían del Espíritu Santo (cap. 12), recalcar que estos tenían valor únicamente cuando el amor los acompañaba (cap. 13) y señalar que los mejores carismas edificaban espiritualmente a los hermanos de la fe y para lograr eso había que imponer restricciones en el uso de los dones en las reuniones de la iglesia (cap. 14).

Todos los dones[2] provienen del Espíritu Santo (I Cor. 12)

 

            Todo creyente en Cristo tiene la capacidad de confesar a Jesús como el Señor (kurios), pues es el propio Espíritu que da el poder a todos para reconocerlo públicamente como tal. Por otro lado, un cristiano inspirado por el Espíritu Santo no puede jamás maldecir a Jesús, pero sí los espíritus relacionados con los ídolos mudos pueden arrastrar a los idólatras tras las inspiraciones falsas. Por lo tanto, el criterio para evaluar uno que reclama inspiración de Dios es la confesión inteligible de Jesús como el Señor -- no la pronunciación de frases incomprensibles. La norma para reconocer a una persona espiritual es cristocéntrica, pues el Espíritu de Dios no habla de sí mismo o de ningún otro, sino de Jesucristo.

            Así cada creyente al recibir al Espíritu en su conversión a Cristo es una persona espiritual y el Espíritu que da a cada creyente el poder de confesar a Jesús como el Señor, también concede a todos los hermanos de la iglesia una abundancia o una variedad de diferentes dones, ministerios y actividades. Todos provienen de la Santísima Trinidad, el Espíritu Santo, el Señor y Dios, quien es soberano en su decisión de dotar a cada uno de los diversos dones. Es el papel de la soberana gracia de Dios a otorgar todos los dones según su santa voluntad. Cualquier capacidad de servir a Dios por medio de la iglesia evidencia la presencia del Espíritu en nuestras vidas y se nos asignan con el fin de que los aprovechemos para el bien de los otros hermanos en la unidad de la iglesia.

            Unos ejemplos representativos de estos dones[3] en diferentes creyentes son las capacidades de (1) hablar con sabiduría, (2) tener profundo conocimiento[4], (3) tener fe[5], (4) sanar enfermos[6], (5) hacer milagros[7], (6) profetizar o comunicar mensajes recibidos de Dios[8], (7) distinguir entre los espíritus falsos y el Espíritu verdadero[9], (8) hablar en lenguas[10] e (9) interpretarlas. Todos y cada uno de estos dones provienen del único y mismo Espíritu y los concede a los creyentes conforme a la voluntad y sabiduría divinas. Es significativo que Pablo comienza a enumerar esta lista de los dones con dos que tienen que ver con la mente mientras que los corintios apremiaban más los que tenían que ver con las emociones. Asimismo Pablo da énfasis en este capítulo en que los dones son diferentes porque la unidad del cuerpo requiere de la diversidad de funciones.

            Pablo usa dos palabras griegas para don (pneumatikon[11] en 12:1 y charismaton en 12:4 y Ro. 12:6), pues un don es la capacidad recibida mediante la gracia (carisma) de Dios a través del Espíritu (pneuma) Santo y controlado por El para el crecimiento espiritual de todos los hermanos de la iglesia. Por lo tanto, si son impartidos por el Dios soberano a base de su favor inmerecido, eso implica que no pueden ser ganados o merecidos por iniciativa propia individual o por la oración o por la fidelidad al servicio de Dios. No son premios dados de forma legal. No se regatean; tampoco se compran. No son motivos para el orgullo, la jactancia o de actitudes arrogantes. Son repartidos conforme a la disposición del Dador Supremo para ministrar para el bien común, no para el bien del recipiente individual.

            Pablo continúa su instrucción a los hermanos de Corinto señalando que todo creyente pertenece por el bautismo a un[12] solo cuerpo que es el propio cuerpo espiritual de Cristo. Esto es cierto aunque cada creyente puede diferir en cuanto a su nacionalidad, su condición de empleo, su nivel socio-económico o su herencia religiosa. En ese sentido existe una igualdad y solidaridad entre los creyentes que no sólo pertenecen a la misma iglesia, sino también el mismo Espíritu habita adentro de cada uno desde el momento en que se convirtió a Cristo. No hay una jerarquía de miembros o de espíritus que dan un rango especial o superior a algunos más que a otros. No hay ningún miembro de segunda categoría; no existe la superioridad o distinción de personas, pues las distinciones de este mundo no se ajustan a la vida de los cristianos. Aun Pablo, el apóstol y fundador de muchas iglesias, los llamaba "hermanos" en cinco ocasiones en estos capítulos, y no insistía en que ellos le calificaba como el "reverendo" o su "padre". Todos eran hermanos y cada uno podría hacer su aportación individual y única a la iglesia mediante su don.

            Además de la igualdad de la fuente de los dones y de los miembros de la iglesia, existe una relación de mutua dependencia entre todos los cristianos sin importar la clase de don espiritual que tengan. Los dones a la vez de ser funcionales son también congregacionales. Un cuerpo humano se compone, por ejemplo, de pies, manos, orejas, ojos y oídos. Cada cual tiene designado su función que es complementario a los demás órganos del cuerpo. Ninguno puede sustituir al otro o funcionar sin la necesidad del otro. Tampoco su localización en el cuerpo sugiere una jerarquía de importancia, pues el Espíritu soberano al diseñar el cuerpo humano los ha colocado en el lugar como le pareció mejor. No todos ejercen la misma función, pues en tal caso no formarían un cuerpo, que es una unidad compuesta de muchos diferentes componentes complementarios a la vez que cada uno de ellos tiene una función única. Recalcamos que cada miembro del cuerpo tiene un papel específico y, por lo tanto, cada miembro es necesario. Además, ningún miembro debe fallar en su funcionamiento, ni tampoco puede cumplir todas las funciones del cuerpo, por muy importante que sea, pues todos están integralmente unidos para el bien del conjunto.

            La relación integrada de las partes del cuerpo hace claro que cada cual juega un papel muy importante. Aunque algunos son más débiles que otros, estos mismos son necesarios y de gran utilidad. Además los menos valorados, se visten con mucho esmero; las partes menos atractivas, se cuidan con más modestia. De manera que Dios creó el cuerpo para dar mayor honor a las partes menos estimadas. De este modo hay una unión y unidad esenciales y cada cual busca el bienestar del otro. Ninguna función del cuerpo puede ser considerado como la única expresión de vida espiritual. Su relación mutua e íntima de solidaridad se ve en que el mal funcionamiento de una parte afecta negativamente todas las demás, pero a la vez una parte que recibe mérito especial lo comparte con todas las otras partes con alegría. No hay entonces ninguna relación superior o inferior sino complementaria, solidaria, interdependiente, de mutuo respeto, de cuidado y empatía. Cada uno de los hermanos depende de los dones de otros para que nuestros propios carismas tengan sentido y ministren a nuestras necesidades espirituales. Todas las partes son auténticas, pero no todas tengan el mismo valor funcional. Asimismo todos los dones son válidos pero no todos aportan de igual manera a la vida y misión esenciales de la iglesia.

            La aplicación de este ejemplo del cuerpo humano se ve en que cada uno de los creyentes forma una parte del cuerpo de Cristo y por lo tanto, ningún don o ministerio puede ser considerado como la única evidencia de la actividad o manifestación del Espíritu. No obstante, Dios quería que su cuerpo espiritual tuviera cierta orden en los ministerios y el liderato aun en su desarrollo histórico. Primero, Cristo seleccionó a los apóstoles, los discípulos compañeros más íntimos de Jesús durante su vida terrenal que formaron los pilares de la iglesia en su extensión misionera del primer siglo. En segundo lugar, hay profetas, los pregoneros del mensaje de Dios, tercero, maestros, los que dedican tiempo a enseñar pública y privadamente la sana doctrina.

            Luego hay personas que hacían milagros, y los que sanaban enfermos, o que ayudaban a los necesitados como los enfermos, los pobres, los huérfanos, las viudas, los ancianos y los impedidos, o que dirigían o administraban y por último, los que hablaban en lenguas y los que interpretaban. Es muy obvio que las diferencias en esta segunda lista permitía incluir a otros hermanos que no compartían los dones más espectaculares y milagrosos de la primera lista. No obstante, sus capacidades ordinarias y naturales eran dones dados por la gracia de Dios, pues Pablo no distinguía entre las capacidades extraordinarias y las ordinarias, tampoco entre las manifestaciones permanentes y las transitorias. Para Pablo no importaba ese tipo de clasificación. Al contrario lo que sí importaba era que la actividad del Espíritu fuera manifestada y reconocida. Cabe señalar que los primeros tres en esta lista son dones para el liderato mientras que los otros subrayan las capacidades rutinarias de servicio.

            Está claro que todos los cristianos "espirituales" no estaban capacitados u obligados a manifestar ningún don en particular y que ningún cristiano disfrutaba de todos esos dones[13], pues a cada cual se le concedió por lo menos un carisma o ministerio como le pareció bien al Espíritu. Es decir, cada miembro lleva a cabo su función y no se debe esperar a que cumpla con otra que no le corresponde. De hecho el propósito de los dones fue de unificar a la iglesia en el compañerismo y el servicio y de permitir a los miembros a funcionar debidamente y en armonía (12:12-27 y Ro. 12:3-8). En el caso de los pastores significaba que ellos debían equipar a los demás santos a llevar a cabo el ministerio de la palabra (Ef. 4:11-12). Hemos de notar que no era necesario vivir sin pecar para recibir algún don, como el caso de los Corintios demuestra, pues se envolvían en toda clase de error y herejía. Además, los que tienen los dones no dejan de confrontar problemas espirituales tales como la ambición equivocada, el orgullo, los conflictos, el egoísmo, la vanidad y los sentimientos de superioridad.

            Por otro lado, algunos dones que producen los mejores efectos deben ser ambicionados más que otros. De esta manera Pablo apeló al celo espiritual de los Corintios a fin de animarlos a ser celosos por los mejores dones. Implica, además, la necesidad de distinguir entre los dones y procurar al más valioso. Para hacerlo, hacían falta unos criterios -- primero su vínculo con el amor y segundo su valor funcional para la edificación de los otros humanos.

 

Los dones sólo tienen valor cuando van acompañados con el amor (agape) (1 Cor. 13)

            Pablo procede a señalar un camino mejor que el sendero de los orgullosos y contenciosos hermanos en Corinto. ¿Cuál fue el sendero que ellos seguían? Fue uno de conflicto, pues cada cual reclamaba tener el mejor don y ser el más importante y espiritual en el cuerpo de Cristo. Cada cual se ensalzaba a sí mismo reclamaba la superioridad de su don sobre todos los demás. Abusaban de su don por medio de un exhibicionismo emocional público en el culto, haciendo un arrogante despliegue de los dones más espectaculares y misteriosos en la asamblea. De esa manera, ninguno procuraba el bien de su hermano.

            Como consecuencia, Pablo destaca que ningún don por sí solo vale más que los otros. Tampoco vale tanto como podría al ser acompañado por la virtud del amor, el cual es un requisito indispensable para su uso. La persona verdaderamente espiritual expresará el amor, la experiencia más elevada de la dimensión eterna de Dios que está disponible en el presente. Sin el amor genuino para otros miembros del cuerpo de Cristo, aun el don de hablar en lenguas humanas y angelicales valía poco, pues rompía la armonía espiritual con sonidos estridentes o discordantes, como los paganos usaban en su adoración idólatra. Por otro lado, los dones de comunicación del mensaje de Dios[14] y de sabiduría en cuanto a los secretos más profundos o aun esotéricos por sí solo no le daba a uno gran importancia tampoco. La elocuencia de la palabra sin el amor para el que escucha acentúa el deseo egoísta de manipular al otro. O aun si uno tuviera la fe junto con la capacidad de hacer cosas milagrosas, pero no tuviera el amor, tampoco valdría de nada. Aun si se vendían los bienes y las propiedades y se repartía todo como Bernabé y otros donantes (Hch. 4:34-37), o si se sacrificaba el cuerpo dispuesto a dejarse quemar[15] por una causa o por el prójimo -- eso tampoco valdría de nada si no va acompañado del amor.

            Cabe señalar que la progresión en estos versículos desde la glosolalia[16] al martirio subraya el punto central de que ninguna actividad, sin importar su grandeza, es cristiana o de beneficio espiritual a menos que tenga sus raíces en el amor. Desde luego no es la expresión visible de algún don lo que hace a uno espiritual, pero sí el amor demuestra la existencia de una espiritualidad genuina cristiana. La conclusión clara es que la más completa expresión de los dones no tendría valor espiritual ninguno donde falte el amor.

            En realidad, definido negativamente, tener amor[17] es no tener envidia[18], no enojarse, no guardar rencor, no alegrarse en las injusticias, no ser presumido[19], grosero, orgulloso[20] o egoísta (v. 4). Positivamente tener amor significa saber aguantar con paciencia[21], ser bondadoso, alegrarse en la verdad, sufrirlo todo, creerlo todo, esperarlo todo y soportarlo todo.

            El amor permanece por toda la eternidad mientras que cada uno de los dones, inclusive los de profecía, lenguas y conocimiento, son pasajeros o transitorios. Dejarán de existir, pues son partes de las cosas imperfectas que duran en un planeta deteriorado, pero al llegar el mundo perfecto, no habrá ninguna necesidad de ellos. Evidentemente hasta el establecimiento de la orden eterna el Espíritu soberano determinará la utilidad de los dones en cada época y decidirá cómo mejor edificar y fortalecer a la iglesia en determinado lugar. Pero el amor nunca "dejará de existir", porque tiene su base en Dios y el Dios Trino es amor.

            Además un cristiano crece a la madurez, dejando atrás las cosas de niños -- el habla, las actitudes, los pensamientos y los valores, los cuales causan choques, pugnas y sentimientos de superioridad entre los hermanos del cuerpo de Cristo. También se vive en un mundo percibido de forma parcial, incompleta e imperfecta. Estamos impedidos de ver las cosas tales como son. Vemos las imágenes de forma borrosa y distorsionada, pero con el regreso de Cristo tendremos una visión de 20/20. Así, podremos ver las cosas de hombre y de Dios tal como son. En aquel día aun el conocimiento imperfecto se transformará en lo perfecto como el de Dios.

            Concluimos, pues, que las tres virtudes permanentes son la fe, la esperanza[22] y el amor. Por lo tanto, ninguno de los dones es el más importante. Más bien es el amor -- el ingrediente que siempre ha de acompañar todo don y ministerio mientras servimos en esta dispensación entre la resurrección de Cristo y su regreso. Los propios dones pueden fracasar en su propósito, pues siempre hemos de ejercerlos cuando son motivados y controlados por el amor. Sin el amor los dones de alguna manera sirven para nutrir el orgullo egoísta. Pero con los dones unidos al amor cristiano genuino, el Señor se glorifica por medio de su iglesia y a sus siervos. Así el amor convierte a los dones en algo bendito que hace fructificar a la obra.

Los mejores dones edifican espiritualmente a los hermanos (1 Cor. 14)

 

            El punto principal de los primeros 19 versículos del capítulo 14 es que la profecía edifica a la iglesia. Lo demuestra por medio de una comparación directa con otro don menos edificante (14:1-5), el de hablar en lenguas, de la cual da tres ilustraciones, una con los instrumentos musicales, otra con la trompeta y por último la del idioma extranjero (14:6-12). Luego pasa a exhortar a que se edifique a la iglesia (14:13-19). Cabe señalar que Pablo hace esta comparación como uno que había recibido ambos dones que él compara en este capítulo.

            A la vez que es indispensable tener un amor genuino para con los hermanos, debemos ambicionar únicamente aquellos dones que aportan lo máximo a la comunidad de fe -- es decir, hay que dar prioridad especialmente al don de profecía o de comunicar mensajes de Dios. Eso no implica hablar en lenguas extrañas[23], que se trata de un lenguaje espiritual dirigido a Dios en vez de a los seres humanos, pues éstos no lo saben ni lo entienden. En cambio el comunicador de mensajes de Dios ayuda a crecer en entendimiento a los hermanos y los estimula y consuela; eso es, la edificación[24]. Además se es más maduro como cristiano cuando más aporta y concentra en el crecimiento de los hermanos que en uno mismo. Por lo tanto, los mejores dones son aquellos que proveen mayor edificación porque hacen entender y comunican sus entendimientos a los hermanos. Asimismo, para el desarrollo de los cristianos en continuo crecimiento y para los que faltan la madurez el mejor don es la profecía (la predicación y la enseñanza).

            Debido a la naturaleza de la confusión y del conflicto que las lenguas habían causado, Pablo aclara que si fuera por él, todos hablarían en ellas, pero a la vez menosprecia su valor para el culto dando preferencia a la comunicación de mensajes comprensibles, cuando añade, "pero más, [prefiero] que profetizaseis" (14:5a). A la vez su uso en las reuniones debía ser limitado a momentos cuando hubiera intérpretes. Pablo pasa a señalar el hecho de que si él los visitara, no les beneficiaría en nada si hablara en lenguajes extraños en vez de comunicar el mensaje o una enseñanza de Dios o alguna sabiduría en el lenguaje que ellos entendían, pues el don de hablar en lenguas valía menos para la edificación de los hermanos que el don de la profecía.

            Dicho de otra manera, usando los instrumentos musicales como ejemplos, cada uno, como la flauta, el arpa y la trompeta en tiempo de guerra, tiene su sonido distintivo que comunica un mensaje peculiar y vital. Asimismo señaló la importancia de usar lenguaje que otros cristianos y simpatizadores del evangelio entienden en vez de uno desconocido por ellos, pues si no hay entendimiento de parte de los que escuchan, entonces los sonidos no valen nada. En otras palabras, es esencial que se hable el español al que lo entienda, el francés al que lo entienda y el inglés al que lo entienda. Sólo así puede haber edificación y crecimiento de parte del cuerpo de Cristo. Por lo tanto, el creyente debe aspirar a los dones de la gracia que más ayudan a crecer espiritualmente a los hermanos en la iglesia.

            Esto no significa que no vale nada el don de hablar en lengua extraña. Más bien quiere decir que al que lo tenga se le manda a pedir (un verbo imperativo en el griego) a Dios el poder de la interpretación[25], pues es indispensable combinar el espíritu o lo emocional y lo extático con el entendimiento o el estado racional de conciencia. No basta sólo lo que uno siente. Los dos deben de estar unidos, aun cuando se trata de la oración y los cánticos de alabanza. De esa manera, otros hermanos pueden unirse con uno en la acción de gracias y así ayudar a otros en adición a uno mismo. Pero cabe señalar que aun con la interpretación de las lenguas, eso no lo convierte en un don con igual mérito en la práctica a la profecía.

            Luego Pablo concluye su instrucción sobre la comparación entre el don de lenguas y el de profecía dando gracias a Dios de que su capacidad de hablar lenguas extrañas era mucho mayor que el de los Corintios[26]. No obstante, prefería él hablar unas cuantas palabras conocidas por los oyentes que miles que ellos no entendían (14:18-19).

            Pablo acepta a todos que tengan cualquier don -- inclusive al que habla en lenguas -- como sus hermanos, pero cree que algunos se están portando como niños. Tal vez esta referencia tiene que ver con su valorización de los dones -- para un niño el menos valioso era el de más valor. Además era lamentable que ellos tampoco veían el valor de los dones en el contexto de la solidaridad de toda la comunidad de fe. Deben portarse como adultos, pues aun las lenguas extrañas no obligan a los incrédulos a rendirse al Señor, aunque pueda ser una señal para ellos[27], pues durante el culto de adoración de la iglesia si todos espontaneamente estén hablando lenguas extrañas el visitante creerá que se han vuelto locos, así creando un efecto negativo que los puede endurecer en su falta de fe o rebelión y aun llevarlos a burlarse de los hermanos. En cambio, si se habla lo que se entiende, al entrar un visitante, sea inconverso o creyente, se entenderá y se arrepentirá debido a la convicción del pecado por lo que oye. Así responderá con sinceridad y podrá adorar a Dios convenciéndose de que Dios está en el medio de ellos. De otro lado, la glosolalia no es de ninguna manera una señal para los creyentes (gentiles), pues no marca el nivel de espiritualidad de nadie.

 

Deben seguir ciertas prácticas saludables en la adoración (14:26-40)

 

            Al resumir sus enseñanzas acerca de los dones en el culto de adoración, Pablo trata de lograr tres metas: (1) estimular el orden en la adoración, (2) conservar una espontaneidad saludable y (3) seguir insistiendo en la imperiosa necesidad de la edificación.

            Primero señala que hay tiempo para cantar salmos, para enseñar, para comunicar los mensajes de Dios, para hablar en lenguas extrañas y para su interpretación, pero todo -- absolutamente todo -- se debe hacer para el crecimiento espiritual de los adoradores. No obstante, se permitía flexibilidad y espontaneidad en la adoración más bien que seguir una rutina o un programa fijo y rígido. Además, en particular para que haya el crecimiento espiritual necesario, Pablo restringe el habla en lenguas extrañas a un máximo de tres personas que hablen individualmente y con intérpretes. No deben hablar en ningún momento a la misma vez. Además, si nadie las puede interpretar a la iglesia, entonces se debe eliminarlas de la reunión pública aunque Pablo no ordena restringirlo en las devociones y oraciones privadas.

            De igual manera, el número de los que predican o comunican mensajes de Dios en el culto no debe exceder tres, y así dará tiempo para que sus mensajes sean evaluados e internalizados. Además, cualquier cristiano que tenga la palabra debe ser cortés y considerado para con los otros en caso de que alguno reciba un mensaje de Dios y concederle la palabra. Este tipo de orden y organización, ejercido con amor y consideración permitiría a todos a participar y a la vez los hermanos aprenderían y serían animados. Pues los que comunican mensajes de Dios siempre deben de permanecer en control de sus facultades, puesto que Dios pone los dones bajo el control del creyente y su voluntad es que reine la paz en el culto en vez de la confusión. Está claro entonces que uno que es verdaderamente espiritual controlará voluntariamente su impulso para hablar y callar. De lo contrario, debe ser controlado por otros que tengan la autoridad para callarle.

            Otra manera de canalizar bien el ánimo y la espontaneidad de la congregación y así eliminar una gran parte de la confusión fue restringir la participación de las damas. En particular en esto era más importante que en circunstancias normales la aplicación de la costumbre de la sumisión de las mujeres a los esposos en el culto, no sólo debido al conflicto sobre los dones espirituales en los cultos sino también por el libertinaje de algunas mujeres en orgías sexuales en el templo de Afrodita, la diosa del amor, cerca de Corinto. Allí violaban las normas de conducta sensible de la comunidad. Portarse con un exceso de libertad en la reunión cristiana dañaría el testimonio cristiano en el mundo pagano y judío. Para solucionar ambos problemas era indispensable aplicar la regla general, conforme al gusto y al parecer de su época, de la no participación de las mujeres en el culto que en realidad en Corinto se había convertido en un espectáculo. Bajo ninguna circunstancia se permitiría a las damas hablar en lengua desconocida en la iglesia[28], pues tal práctica haría pensar a las personas inconversas que la iglesia cristiana con sus expresiones extáticas no eran nada más que una extensión de los ritos inmorales del templo pagano. Para señalar la importancia de esto Pablo se apoyó en la ley (quizá Gén. 3:16) y aclaró que las mujeres podrían hacer cualquier pregunta a sus esposos en casa. De esta manera se limita entre las damas durante el culto las preguntas y los comentarios innecesarios que tendían a contribuir al caos e así impedir la edificación de toda la iglesia.

            Pablo también llama la atención de los orgullosos y soberbios que se jactaban de sus dones especiales. Les recuerda que la obra de Dios no comenzó con ellos sino, por implicación, por el apóstol Pablo quien era el misionero de Jesucristo que fundó esa obra en Corinto en el medio de tantas tensiones, disputas y conflictos. Por lo tanto, él era su padre espiritual (4:15). Cualquier dotado por Dios debe reconocer que tiene el deber de someterse a estas instrucciones paulinas que en realidad eran mandatos del Señor. Pero en caso de que algunos no estaban dispuestos a acatar a ellas, entonces Pablo da énfasis en que la iglesia no debe reconocerlos a ellos como parte del pueblo de Dios tampoco. Así que la autoridad de Pablo el apóstol era superior a la de cualquier de los hermanos sin importar el tipo de don que tuviera. Además ya se les había hecho claro de que la prueba máxima de la inspiración por el Espíritu Santo era la confesión de Jesús como el Señor (12:3).

            El apóstol concluye su mensaje de tres capítulos sobre los dones espirituales conferidos por la gracia de Dios animando a los hermanos positivamente a procurar la profecía, pero siempre deben de comunicar todo decentemente de manera que no se ofenda la sensibilidad, sea moral o tradicional, de los cristianos o de los paganos, y en orden, de manera que no conlleva una organización rígida sino una con la ausencia del caos y la confusión. Además, Pablo no estimula la practica de hablar en lenguas extrañas, pero tampoco permite a los hermanos a prohibirla, tal vez debido a que sí puede tener un papel limitado en la edificación personal del que la tenga (14:4) y para otros siempre y cuando haya interpretación (14:5). Pero claramente para Pablo el don de la profecía era el don más deseable, pero todo don tenía que pasar tres pruebas: la prueba de la edificación de los hermanos, la del autocontrol y la de decencia y orden. Comoquiera Pablo no instruye a la comunidad de fe a excluir a uno que tenga o no tenga cierto don divino. De allí se ve también que ningún don era la norma universal necesario para todos los cristianos.

            De manera que lo que Pablo hace es reglamentar la glosolalia, no fomentarla. Busca establecer orden y serenidad en el culto sin eliminar una espontaneidad saludable. El culto no debe dar lugar a un "show" o espectáculo emocional; tampoco debe ser una ceremonia litúrgica fría donde se elimina todo calor humano. No obstante, Pablo establece controles racionales-volitivos internos y externos por medio de la interrupción de otros motivados por el Espíritu y la tradición denominacional de la iglesia de Dios. Tanto la libertad como el orden son esenciales para el acto público de adoración.

 

La táctica del apóstol para confrontar el problema de los dones cristianos[29] es instructiva

 

            El Dr. MacGorman puntualizó que la estratégica de Pablo en confrontar este problema nos instruye acerca de procedimientos a seguir en situaciones iguales o parecidas. Primero, en 1 Cor. 12 Pablo da instrucciones a los hermanos, luego apela a su voluntad (1 Cor 13) y por último los confronta directamente (1 Cor. 14).

            Primero, en cap. 12 les enseña acerca de la naturaleza de la iglesia, su misión y sus cualidades excelentes para servir como medida para contrarrestar la desunión causada por la pugna sobre los mejores dones, pues ellos daban énfasis y subrayaban como superior un solo don. En el cap. 13 apela al amor como el medio esencial por el ejercicio de los dones, pues el orgullo, la arrogancia y el conflicto violaban la virtud central cristiana del amor. En el cap. 14 en su confrontación usó la discreción y la cortesía. Al principio sus consejos demuestran un tono moderado y paciente. Los corrige a la vez que les reasegura. Mantiene una actitud fraternal o aun paternal, pero nunca inquisitorial. También en 25 versículos presenta una comparación concisa pero clara de los méritos y deméritos de los dos dones o ministerios, o sea la profecía o la predicación y la glosolalia. Destaca el hecho de que aunque ambos sean dones válidos, de ninguna manera tienen la misma importancia en los ministerios de la iglesia. Al final del capítulo hace una exhortación a controlar el uso de los dones.

            De esta manera Pablo nos da el ejemplo de cómo confrontar los problemas adentro de las congregaciones en relación con los extremistas en cuanto a los dones. Primero, hay que enseñar el Nuevo Testamento en vez de formular una corte de juicio para la expulsión de la iglesia. Segundo, hay que demostrar el amor y apelar a ellos en vez de amenazarlos. Es esencial, luego, confrontarlos sin obligarlos y sin prestar atención a los chismes y las distorsiones.

            Concluimos ahora con un resumen de las enseñanzas principales paulinas en estos tres capítulos sobre los dones para la iglesia. El Espíritu Santo da el poder a cada creyente a confesar a Jesús como el Señor. A su vez esto hace posible su incorporación adentro de la congregación local del cuerpo de Cristo. Además Dios dota a cada miembro de la comunidad de fe con dones para el servicio. Por lo tanto, todos pueden y deben trabajar para el bien común del cuerpo. La gracia de Dios es la fuente de todos los dones. Por consecuente, estos no señalan el nivel de espiritualidad del que lo posea. Más bien, nos revela la bondad de Dios para capacitar a su iglesia para ministrar, pues los dones son expresiones de la gracia divina para la unidad y la edificación del cuerpo, la cual está basada en la común experiencia del Espíritu. Cada miembro recibe a lo menos una función exclusiva en el cuerpo. Como consecuencia, todos los hermanos son esenciales y dependen mutuamente del ministerio de los otros miembros de la iglesia. Toda la vida de la comunidad de fe debe llevarse a cabo en amor y eso abarca el deseo por algún don y su uso. El medio de expresar el amor en comunidad es a través de los dones y deben tener como su propósito primordial la edificación de los hermanos. Eso quiere decir que ningún don es para la gratificación de los sentimientos egoístas personales. Por eso se debe someter la expresión de los dones a los controles personales volitivos, a los hermanos de la congregación de fe y a la tradición bíblica. Además está obvio que hay líderes cristianos que pueden aportar a estos controles, como lo hizo Pablo en las instrucciones de esta carta. Concluimos pues que un don espiritual concedido por el Espíritu Santo sólo es eficaz cuando se reconoce que ese carisma es fruto exclusivo de la gracia divina y se compromete a usarlo como medio de servicio y se ejerce con humildad para servir en armonía a la iglesia.

 

       [1]Incluían problemas del faccionalismo (1:10 al 4:21), de actitudes flojas hacia la inmoralidad sexual (5:1-13; 6:12-20), de una disposición de los hermanos a radicar casos entre sí en los tribunales paganos (6:1-11), de matrimonio y divorcio (7:1-40), de alimentos consagrados a imágenes de dioses paganos y la participación en las fiestas paganas (8:1 al 11:1), de mujeres que retaban las costumbres de adoración pública (11:2-16), de la profanación de la cena del Señor por la desunión y la borrachera (11:17-34), de la negación de la resurrección (15:1-15) y de la lentitud en recoger la ofrenda para los hermanos de Judea (16:1-4).

       [2]Se tiene que distinguir entre "el don del Espíritu Santo"  (Hch. 2:38, 10:45, 11:17) y "los dones del Espíritu Santo" (1 Cor. 12:1, 4). El primero especifica al mismo Espíritu Santo como un Don que Dios da al creyente en el momento de su conversión a Cristo para habitar permanentemente adentro de él.

       [3]Hay cuatro listas de dones (I Cor. 12:8-10, 12:28-30, Ro. 12:3-8 y Ef. 4:7-11). Cada una difiere, pero hay duplicación en por lo menos 11 casos y en total aparecen a lo menos 19 diferente dones. I Cor. 7:7-9 hace mención del don de continencia (celibato) que Pablo mismo tenía. 1 Pe. 4:10-11 también hace referencia a los dones carismáticos y sus funciones.

  [4]Ver los ejemplos de Eliseo y Guejazi (Giezi) (2 Rey. 5:20-27) y de Pedro (Mt. 16:16 y Hch. 5:3-4). En su contexto la implicación es que algunos de los que reclamaban ser los más espirituales insistían que su don de sabiduría o de conocimiento les daba una percepción especial, y posiblemente esotérica, de los misterios de los planes de Dios.

  [5]Es la capacidad de reclamar o asir las promesas de Dios para efectuar logros fuera de la capacidad y alcance personal (comp. los casos de Abraham en Heb. 11:17-19 y de Elías en 1 Rey. 17:8-16). Este don de fe no es lo mismo que la fe que salva, pues ya todos eran creyentes (11:1-2).

  [6]Dos ejemplos aparecen en Hch. 3:2-10 y Hch. 14:8-10.

 [7]Se refiere a los eventos extraordinarios y sobrenaturales pero no incluyen las sanidades (comp. Mt. 17:24-27, Mt. 14:25-33; Hch. 9:36-42, 13:8-11; Ro. 15:19).

 [8]     [8]La profecía aquí no es principalmente la predicción o el vaticinio del futuro; son mensajes comprensibles inspirados por el Espíritu Santo para ayudar a los seres humanos en sus necesidades en el momento. Es la proclamación clara de la palabra de Dios, parecida a la predicación y la enseñanza. Es "un mensaje oral inteligible, dado por inspiración, cuyo contenido es del Señor".

[9]El discernimiento de espíritus se refiere a la capacidad de distinguir entre el trabajo y los mensajes sutiles de imitación de los espíritus diabólicos y los del Espíritu Santo (comp. 2 Cor. 11:13-15, 1 Jn. 4:1 y Mt. 12:24).

[10]Para algunos intérpretes "glosolalia" en el N.T. siempre se refería a idiomas extranjeros. Otros creen que en el libro de los Hechos así era, pero que en Corinto se trataba de sonidos extáticos solamente y que esta distinción fundamental se ve en que se necesitaban intérpretes en Corinto y no en los acontecimientos en los Hechos y en la distinción que Pablo hace entre los dones de la profecía y de las lenguas. Todavía otros creen que siempre y dondequiera en el N.T. se refiere a sonidos extáticos. Todos coinciden en que únicamente en 1 Cor. 12 al 14 se reconoce explícitamente la glosolalia como uno de los dones; se trataba esencialmente de un fenómeno local, pues ninguna de las otras cartas canónicas hace referencia a ella. Es además notable que alrededor de este don giraba un conflicto intenso. Según 1 Cor. 14 glosolalia se refiere a lenguaje dirigido a Dios (v. 2), que no es inteligible a la mayoría de los hermanos ni siquiera al que habla, por eso la necesidad de intérpretes. Es un mensaje esencialmente emocional más bien que racional (v. 14), aunque por el ejercicio de la voluntad se puede callar (v. 28), pues no es un ataque involuntario. Además, por él se expresan loores y acción de gracias (14:16-17).

   [11]Esta palabra también puede referirse a una persona que reclama ser espiritual. Kenneth S. Hemphill sostiene que en Corinto ciertas personas insistían en que sus dones milagrosos eran señales de su superioridad espiritual. Por lo tanto, proclamaban a sí mismos como "los espirituales" que eran superiores a los que no compartían su don. Era un reclamo exclusivista de que sólo ellos poseían al Espíritu Santo. Se componía una especie de élite espiritual o formaba el grupo de los iniciados o "iluminados". Los dones espirituales: poder para la iglesia del Nuevo Testamento (El Paso: C.B.P., 1990).

   [12]La repetición del numeral uno nueve veces en este capítulo acentúa la idea de la unidad.

   [13]Cada una de las siete preguntas retóricas (12:29-30) comienza en griego con una partícula negativa (me) que demanda un "no" como respuesta. Cabe señalar que es posible ver en estas preguntas una tercera lista de dones y en dicho caso cada una de las tres listas en capítulo 12 incluye el don de lenguas al final. Eso sugiere que Pablo así lo incluyó para designar su cualidad de menor importancia.

   [14]Cuando el don de palabra en la predicación o el ministerio del pastor se usa para enriquecerse, entonces a lo largo tampoco edifica (comp. Tito 1:7).

[15]En este contexto tiene que ver con una entrega voluntaria a la esclavitud. Puede referirse a las prácticas mencionadas en Daniel 3:19-28 y 2 Macabeos 7 o a la práctica de marcar a los esclavos con un hiero caliente.

   [16]El vocablo glosolalia, derivada de las palabras griegas glóssa, que significa "lengua", y laliá se traduce como "habla" o "hablando", se refiere al don de hablar en lenguas.

   [17]En el griego Pablo usó quince verbos, ocho negativos y siete positivos, para delimitar el significado del amor y ninguno es de voz pasiva. Para una discusión más amplia sobre el vocablo agape vea "La vida eterna ¿incierta o segura" de La Sana Doctrina (Mayo-junio, 1988) III:3.

[18]En el contexto de los dones significa no envidiar o codiciar algún don del otro que uno no tiene, sino conformarse con lo que el Espíritu le haya asignado o concedido.

[19]En el contexto de estos tres capítulos quiere decir que no se jacta de su don; no se vanagloria ante otros.

[20]En el contexto de los dones es no creerse mejor que el otro que no tiene el mismo don, tal vez el de hablar en lenguas.

[21]En este contexto de los dones cada cual ha de permitir al otro el uso de su don sin interrumpirle innecesariamente.

   [22]Evidentemente la fe es confianza mientras que la esperanza señala la naturaleza constante de esa confianza.

   [23]Evidentemente el concepto de la superioridad del don de glosolalia surgió de la experiencia de idolatría en Corinto, pues a veces los sacerdotes y sacerdotisas paganos emitían sonidos extáticos bajo el control de sus dioses. Para ellos ésta era la práctica más sublime y cumbre de toda experiencia religiosa.

[24]La frecuente repetición de la edificación (1 Cor. 14:3, 4, 5, 6, 12, 19, 26, 31) demuestra que es central para el argumento de Pablo. Se refiere al fortalecimiento de la vida espiritual.

   [25]Quizá Pablo contempla que el que hable en lenguas reciba su mensaje mientras que ora en silencio en el espíritu y luego proclama su mensaje en voz alta por medio de un lenguaje racional.

   [26]El comentario de Pablo en v. 5 afirmando su deseo de que todos hablasen en lenguas y en v. 18 reclamando haber hablado más que ellos en lenguas son las dos expresiones favorables de glosolalia en este capítulo. Demuestra no sólo su aceptación de ella como don de Dios sino lo que es aún más importante según el contexto, es un comentario táctico sincero pero sabio, una maniobra que le permite a simpatizar con ellos y a la vez ayudarles ver que más allá había algo mejor para la adoración pública de la iglesia. Es importante aquí distinguir entre los principios fundamentales de su instrucción sobre los dones y las correcciones de los abusos en Corinto.

   [27]Evidentemente al citar Isaías 28:11-12 Pablo se refiere a glosolalia como una señal al pueblo inconverso de Israel. En el día de Pentecostés (Hch. 2:14) y en otras ocasiones en los Hechos este fenómeno entre otras cosas confirmaba la inclusión de los gentiles al pueblo de Dios. De esta manera serviría de una señal palpable, tangible y clara al pueblo incrédulo de Israel y aun a la iglesia apostólica y sus líderes.

   [28]Anteriormente en 1 Cor. 11:3-10 Pablo dio instrucciones acerca de la vestimenta de las mujeres cuando oraban y profetizaban públicamente en la iglesia. Es decir, se infiere que era aceptable para las mujeres orar y profetizar siempre y cuando cubrían las cabezas (11:5). Además hemos de notar que las cuatro hijas solteras de Felipe el evangelista profetizaban (Hch. 21:9), evidentemente ejerciendo un don espiritual. Además Priscila se unía con su esposo, Aquila, en la exposición y la enseñanza de la palabra a Apolos (Hch. 18:26). Para Pablo el Dios soberano tenía la libertad de dotar a cualquier ser humano, masculino o femenino, al don que deseaba. Lo que hay que notar es que Pablo repitió el mandamiento de guardar silencio tres veces en este capítulo: primero, al que ejercía el don de lenguas sin intérprete, segundo, al que ejercía el don de profecía cuando fuera interrumpido por otro y tercero, a ciertas mujeres que no respetaban la tradición de conducta decorosa y decente. (Cualquier argumento que se apoya en el contexto tiene que tomar en cuenta por lo menos todo el capítulo 14 y no solamente los versos que preceden inmediatamente estas instrucciones (14:29-33.)

 

   [29]Jack W. MacGorman, The Gifts of the Spirit (Nashville: Broadman Press, 1974), 113-122.

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