La vida para siempre ¿condicionada?” DSySM Tomo I:204-213
Por:  Dr. Donald T. Moore

¿Es la vida eterna de un creyente condicional o incon­dicional? De estos dos enfoques principales los condicionalistas creen que hay personas que gozan de una vida eterna condicionada al cumplimiento de ciertas exigencias. A veces dicen que antes de la muerte nadie sabe si se salvará. El segundo enfoque afirma categóricamente que los cristianos sí tienen la vida eterna y que pueden saberlo hoy. Aunque los dos afirman ser bíblicos, ¿cuál efectivamente lo es?

            Ambos enfoques comparten ciertas creencias: creen en la autoridad de la misma Biblia como la Palabra de Dios. Creen que todos los hombres son pecadores de los cuales algunos se salvan y otros se pierden. Creen que los redimidos se salvan por la fe. Creen también en un Dios soberano, pero normalmente difieren en cuanto a las auto limitaciones en el uso de su poder.

 

LOS CONDICIONALISTAS

 

            Los condicionalistas se dividen en dos escuelas de pensamiento. La primera cree que un creyente pierde la vida eterna cuando abandona la fe. La condición para retenerla es la fidelidad. Uno que ha nacido de nuevo pierde su salvación si deja de creer o confiar en Cristo. Si comete el pecado de apartarse de la fe, la apostasía, entonces se pierde. La apostasía es el repudio y el abandono deliberados de la fe que antes profesaba. Con frecuencia citan Hebreos 6:4-6, Lucas 8:4-15, Gálatas 5:4, 7 y 1 Timoteo 4:1-4. Común a estos pasajes es la palabra caer. Para ellos la fe es clave, ya que sin ella el creyente experimenta un fracaso moral temporero. Sin embargo, quienquiera que da sus espaldas a Cristo, la iglesia y la causa del reino se excluye de la vida eterna. Después de todo, arguyen, "si somos libres para aceptar a Cristo, ¿no estamos libres también para no escogerle?" Además, los que se extravíen inocentemente cuando abrazan las doctrinas falsas y sectarias son igualmente condenados por la eternidad.

            La segunda escuela condicionalista cree que algún comportamiento o estilo de vida hace posible una caída de la gracia de Dios. Creen que la seguridad del creyente depende de su dis­posición de luchar constantemente hacia la meta de una excelencia espiritual. Usan textos como Fil. 2:12 y se apoyan también en argumentos basados en la experiencia vivida. A veces parten de la premisa de un Dios misericordioso y santo, pero señalan de que cuando se acaba su pacie­ncia, su santidad exige obediencia, porque no puede aceptar lo que es contrario a su naturaleza santa. Otros insisten que es injusto para un creyente leal y fiel de muchos años ser recom­pensado de igual manera del que haya llevado una vida carnal. A veces preguntan, si uno se salva sin importar la conducta, ¿por qué seguir el buen camino? Otros temen la doctrina de la seguridad del creyente, porque dicen que propende a fomentar el vicio y el libertinaje. Algunos no creen que Dios les puede perdonar ciertos pecados que hayan cometido, aunque los hicieran antes de su conversión.

 

LOS INCONDICIONALISTAS

 

            Los incondicionalistas creen que el creyente ya goza de la vida eterna sin tener que cumplir mayores condiciones. La salvación no depende de que uno trate de hacer lo mejor que pueda para complacer a Dios, pues ya ha pasado de la muerte a la vida. Creen que es indispensable definir con claridad lo que significa la salvación, pues si existe falta de comprensión sobre los medios de la salvación, habrá también confusión sobre cómo reten­erla. Es necesario darse cuenta de que el hombre es pecaminoso (Ro. 5:12, 19). Está envenenado por el pecado. Nace inclinado hacia el mal con una especie de prejuicio contra el bien -- aun los bebés demuestran su egoísmo. Así que cada cual es culpable del pecado, y como consecuencia merece la muerte, la separación de Dios (Ro. 6:23). No obstante, en la salvación se quita la cul­pabilidad personal y la condenación eterna.

            Pero ¿cómo puede un Dios justo transformar a uno culpable en uno in­ocente? La respuesta (Ro. 3:26; 2 Cor. 5:21): hacer un trueque o intercambio que se llama la imputación[1]. Dios imputa nuestro pecado a Cristo y atribuye su justicia a nosotros. Nos acredita con la perfección de Cristo con sus derechos y privilegios. De manera que como juez nos declara inocente; nos justifica. En la muerte del Mesías en la cruz cuando Dios lo abandonó a causa de nuestros pecados (Mar. 15:33-34), Cristo efectuó una vez para siempre nuestra redención eterna y regresó a la misma presencia del Padre (Heb. 9:11-12). Nosotros recibimos los beneficios de esa muerte por la fe personal (Jn. 6:40, 1:12, 2:23).

            Los apóstoles utilizaron diferentes palabras para expresar la idea de la vida eterna. Entre ellos se encuentran la salvación, la justificación, el perdón y la adopción. En la justificación la idea de juez y del juicio se refiere al pasado; se ha archivado el caso del creyente para siempre (Jn. 5:24). Dios en su buena intención ha adop­tado al creyente como hijo por medio de Cristo Jesús (Ro. 8:15-16; Ef. 1:3-5), el unigénito que El optó a sacrificar para hacer posible nuestra adopción de hijos. Con gusto se hace esta adop­ción antes de la fundación del mundo. Se pregunta, ¿adoptaría Dios a un creyente desde antes de la fun­dación del mundo sabiendo de que tendría que deshacerse de él después? La respuesta es un no rotundo. Este hecho señala que no hay ciertos pecados que puedan obligar a Dios a desheredarnos. También sirve para indicar que nuestra salvación no depende de nuestra fe y disposición de no cometer ciertos pecados. La parábola del hijo pródigo presenta a un Dios compasivo con un hijo que no dejaba de serlo a pesar de su mala conducta. El punto central de la parábola y de las otras dos en Lucas 15 es señalar la actitud compasiva y  el amor incondicional de Dios hacia los pecadores. Aunque el pródigo andaba en la perdición, nunca dejó de ser su hijo. De la misma manera Dios nos ha adoptado para siempre.

            Otra palabra bíblica que sugiere la seguridad de la sal­vación es sello. El sello con que cada creyente está sellado asegura que ninguno podrá obviar su vida eterna (Ef. 1:13-14). Los usos variados de esta palabra en el Nuevo Testamento siempre indican protección, seguridad y propiedad de su dueño. Siempre se usaba el sello para eliminar las influencias e intervenciones externas. Los creyentes (2 Cor. 1:22) se caracterizan por el sello por el cual Dios los selló en el mismo momen­to de su conversión. Este sello espiritual otorga protección divina contra el caos y los peligros que amenazan nuestras vidas espirituales. Junto con el sello, nos da su Espíritu como garantía, y su presencia en nuestros corazones demuestra el compromiso de Dios de continuar con lo que ya ha comen­zado a hacer (Fil. 1:6). Señala la permanencia de Dios en nosotros y asegura la longevidad de la vida espiritual. ¿Por cuánto tiempo dura el sello? Está válido hasta el día de la redención (Ef. 4:30), que se refiere al momento en que se completa la salvación del cuerpo y del espíritu, el momento cuando recibimos el cuerpo glorificado (Ro. 8:23, 1 Cor. 15:53). Todo esto hace claro de que sin excepción Dios preserva a todos los sellados hasta el fin, ya que cada creyente tiene una herencia reservada en el cielo en el día final (1 Pe. 1:5). Dios es el único que puede romper el sello, pero es El mismo quien ha determinado no quitarlo. Por lo tanto, el creyente tiene una cer­teza incuestionable!

 

¿QUIENES PERECERÁN?

 

            Los condicionalistas e incondicionalistas coinciden en que algunos no se salvarán y en que no son condenados por el mero hecho de haber pecado, puesto que algunos pecadores se salvan. ¿Por qué se salvan algunos y otros perecen? Aquí entra el desacuerdo, porque los condicionalistas creen que uno puede ser condenado por lo que hace una o más veces (compara Apo. 3:5 y Sal. 69:28).

            ¿Será entonces la gravedad o la severidad del pecado lo que condena? ¿Cuáles son los peores pecados? ¿Son los "mortales"? Es sig­nificativo que Pablo señala que a pesar de los terribles pecados de los corintios, heredarían el reino de Dios. Fueron fornicarios, idólatras, adúlteros, afeminados, homosexuales, ladrones, avaros, borrachos, calumniadores y es­tafadores. Sin embargo, fueron lavados, santificados y jus­tificados "en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios" (1 Cor. 6:9-11). Pablo mismo había perseguido a la iglesia y encarcelaba a los cristianos. Aun el pecado abominable de crucifi­car al mismo Hijo de Dios fue perdonado (Lu. 23:34).

            Si no es la severidad del pecado lo que condena, ¿será la reincidencia frecuente hasta que la pacie­ncia de Dios se agote? Tampoco puede ser, ya que Jesús instruyó a sus discípulos a perdonar 70 veces 7 o indefinidamente sin importar la sinceridad de la disculpa (Lu. 17:3-4).

            ¿Cuál pecado condena por toda la eternidad? La respuesta más clara aparece en la conversación de Jesús con Nicodemo cuando señala el "creer en el Hijo" como la única causa para la condenación (Jn. 3:16-18). Uno se juzga y se condena ya por no creer en el Hijo y se salva por creer en El. Aquí creer no quiere decir tener una esperanza fríamente calculada o un ascenso mental o una idea intelectual de la existencia de Dios, sino se trata de tener confianza en El. La palabra creer significa más que el ascenso intelectual en la existencia de Dios; es confiar en El, en sus palabras y en sus obras. Sugiere una dependencia con­fiada en alguien o en su carácter, habilidad, fuerza o veracidad. Se trata de una relación personal. Lo que condena, enton­ces, es el rechazo de Cristo, es rehusar confiar en El por el perdón de todo pecado. Por lo tanto, la diferencia entre los pecadores que se condenan y los que reciben la vida eterna no es la severidad del pecado, o el número de veces que pecan, sino la reacción de fe al sacrificio del Hijo único de Dios.

            Aunque tanto los condicionalistas como los incondicionalis­tas coinciden en que la salvación es por fe, los primeros hacen una pregunta significativa al respecto. Si se salva por la fe, si se le acaba la fe, entonces ¿termina también la salvación? Ellos infieren del verso que el que ya no cree, deja de disfrutarla, porque "el que cree tiene vida eterna" (Jn. 6:47). Algunos subrayan el hecho de que en griego el verbo creer en el tiempo presente implica fe constante, por eso la inferencia de que si uno deja de creer, le descalifica como miembro de la familia de Dios.

            Del otro lado los incondicionalistas señalan que el amor del Dios bíblico es tan profundo que la lógica y la experiencia humana no comparan con él. Ef. 2:4-9 nos ayuda a compenetrar la riqueza de su amor y misericordia. ¿Cuál fue la razón de Dios en darnos vida con Cristo? "A causa de su gran amor con que nos amó". La motivación de Dios o la razón de nuestra salvación no fue nuestra fe. Fue el amor de Dios. No hicimos nada para motivarle a salvarnos. La salvación provino de su propia naturaleza. Vio nuestra condición y sintió compasión de nosotros. Al final de verso 5 se dice "¡Por gracia sois salvados!" De esta manera Pablo subraya la gracia[2] como el instrumento que Dios usó para efectuar nuestra salvación. Entonces, ¿cómo salva Dios al pecador? Por medio de la gracia -- la misericordia, su favor inmerecido, la expresión de buena voluntad y bondad. La salvación luego comienza con la gracia de Dios y con ella termina.

            El verso 7 aclara el propósito de Dios para regalarnos la salvación: "Hizo esto para demostrar en los tiempos futuros el gran amor que nos tiene". Su propósito entonces fue para tenernos como objetos eternos de su bondad. En esto se ve la profundidad de su amor, porque no es simplemente que nos tuvo pena. El amor de Dios es más profundo que lástima, porque nos dio vida que garantiza una relación eterna con nosotros. Quería una relación perpetua con nosotros, los recipientes de su compasión. La gracia de Dios es más que otorgar el perdón, ya que seremos recipientes continuos de su gracia por la eternidad. Este plan eterno de Dios no se podrá frustrar ni siquiera por sus propios hijos, aunque sean rebeldes.

            Este pasaje en Efesios 2 permite corregir unas ideas e­quivocadas, pero frecuentes acerca de la fe y la salvación. En primer lugar la fe NO es la razón que motiva a Dios a salvarnos. Segundo, NO estamos salvados por nuestra fe. El instrumento de nuestra salvación es la gracia de Dios. Dios diseñó un plan y lo llevó a cabo por medio de Cristo. Nosotros no tuvimos papel alguno en su formación; tampoco merecemos un papel hoy.

            ¿Qué entonces es el papel de la fe? Pablo lo clarifica en Ef. 2:8-9. El instrumento de la salvación es la gracia "por medio de la fe." Por medio (griego: dia) sugiere la forma o agencia. Entonces la fe fue la forma o el medio a través del cual Dios pudo aplicar su gracia a la vida del pecador. El uso de esta frase se comprende con más facilidad en 1 Cor. 1:21 donde dice que el mensaje fue el agente a través del cual se hizo la salvación accesible. No fue el mensaje lo que los salvó, sino fue sólo el medio por el cual la gracia salvadora de Dios se explicó. Por ejemplo, no es la fe de la persona que salta de un hotel en llamas que le salva la vida, sino la red y los bomberos debajo de la ventana. Asimismo no es la fe en el Hijo lo que le salva, sino la gracia de Dios. La fe, como si fuera, es el puente sobre la brecha entre nuestra necesidad y la provisión de Dios. En realidad es el momento en el tiempo cuando el ejercicio de la fe en Cristo une la provisión de Dios con nuestra necesidad. Una vez que la persona brinca del hotel, está segura y una vez que creemos, somos salvos. De la misma manera no importa si en el futuro se tiene fe en los bomberos; ya se salvó para siempre de ese fuego. Asimismo en nuestra sal­vación, la fe es simplemente la respuesta positiva al don de Dios de la vida eterna.

            La fe y la salvación no son idénticas. Dios no exige una actitud constante de fe para poder salvar -- sólo un acto de fe. El perdón de todos los pecados y la salvación se reciben como regalos en el momento de la fe (Ef. 2:8-9). Dejarían de ser regalos una vez que su recepción sea condicionada, se convertiría en un trueque, una compra o un salario (compara Ro. 4:4-5). Por lo tanto si la vida para siempre se condiciona o en una fe continua o en cierta conducta, deja de ser un don de Dios. Si se condiciona la permanencia de la salvación, deja de ser un regalo. La fe es la manera de aceptar el regalo de Dios. Sirve como manos espirituales que en un momento dado recibe el regalo. No es una actitud continua de gratitud. Más bien es el instante cuando aceptamos lo que Dios ofrece gratuitamente.

 

            ¿Es indispensable una fe que perdure para siempre? Algunos condicionalistas insisten en que es una obligación del creyente conservar su fe para poder retener la salvación. Se apoyan principalmente[3] en el uso de la palabra creer en textos como Jn. 3:14-16, 18; 5:24; 6:29, 40. Señalan que el tiempo presente del verbo describe una acción continua sin interrupción alguna. De esa manera interpretan Jn. 3:16 a decir: "para que todo aquel que en él sigue creyendo no se pierde, sino tenga vida eterna". Concluyen que los que no siguen creyendo, pierden la vida eterna. Esta interpretación condicionalista conlleva varios problemas. Primero, su comprensión del tiempo presente restringe demasi­ado su significado. Su uso normal no sugiere acción continua sin interrupción alguna, aunque en ocasiones puede significarlo. Si uno dice, "Vivo en Puerto Rico", no obliga la conclusión de que nunca haya vivido en los EE.UU. Como nosotros Jesús usó el tiempo presente en más de una forma. A la samaritana dijo, "Todo el que bebe de esta agua volverá a tener sed" (Jn. 4:13). El verbo beber es tiempo presente. Entonces, ¿quiere decir Jesús que hay que beber del pozo de Jacobo sin parar para nunca tener sed? Por supuesto que no, ya que nadie tendrá sed si tomara sin detener. Además, nadie podría beber siempre de ese pozo o cualquier otra fuente de agua sin parar. ¿Se refiere él entonces a la práctica normal de beber hasta saciar la sed, y luego después de un inter­valo volver a beber? Por supuesto que sí. Jesús está subrayando la idea de que esa agua únicamente satisface la sed temporera­mente. Este ejemplo demuestra que no es cierto que el verbo presente siempre se refiere a una acción continua sin cesar en ningún momento. Aunque en ocasiones sí tiene ese sentido, sin embargo, su aplicación al verbo creer no puede ser automática.  Habría que demostrar una razón suficiente para ella en cada caso seleccionado.

            Hay otro problema con el planteamiento acerca del tiempo presente. Algunas referencias a la fe salvadora usan el tiempo aoristo en vez del presente. En ese mismo capítulo Juan dice, "Muchos de los samaritanos ... creyeron en él .... muchos más creyeron a causa de su palabra" (4:39-41). El tiempo del verbo creer no es continuo, sino señala una acción como de un punto o una acción momentaria; señala el hecho de un evento sin distin­guirlo como una acción completa o incompleta. En Hechos 16:31 Pablo le dijo al carcelero de Filipos que creyera en el Señor Jesús para ser salvo. Creer en el tiempo aoristo subraya el acto de su fe y no la necesidad de su retención para siempre. Señala la fe como la puerta a través de la cual hay que entrar para ser salvo. Como tal es el canal a través del cual recibimos el regalo del perdón de Dios y la vida eterna.

            Los condicionalistas se apoyan también en Santiago 1:6-8 con la pregunta: Si el que duda no va a recibir nada de Dios, ¿no incluiría eso la salvación? ¿Qué podemos decir acerca de este planteamiento? Santiago está comunicando con judíos convertidos a Cristo; están sufriendo pruebas por su fe en Cristo. Por eso preguntan el por qué Dios las permite. Además de animarlos a perseverar, Santiago sugiere que Dios podría darles la sabiduría al respecto (1:5), pero no deben flaquear en su fe. Entonces, el contexto del pasaje es del cristiano que en el medio de las pruebas pide a Dios la sabiduría que ilumina su situación dolorosa, pero que a la vez no debe dudar de la presencia de Dios para confortar, ayudar y consolarle en esos momentos difíciles. Podemos concluir que este pasaje no tiene nada que ver con la salvación, ya que se supone que ya la tiene. Por lo tanto no es apropiado aplicarlo a la relación de la fe y la salvación.

 

            ¿Es nuestra salvación segura sin impor­tar la inconstancia de la fe? 2 Timoteo 2:11-13 hace referencia a este pensamiento cuando dice, "Si morimos con él, también viviremos con él. Si perseveramos, también reinaremos con él. Si le negam­os, él también nos negará. Si somos infieles, él per­manece fiel, porque no puede negarse a sí mismo". Este himno citado por el apóstol presenta varios conceptos sobre Dios y nuestra relac­ión con El. Los primeros dos se refieren a la recom­pensa de los fieles durante la persecución mientras los últimos dos se refieren a la infidelidad del hombre en los momentos de prueba. Los leales recibirán un privilegio o una recompensa especial de Dios mientras que los desleales perderán los honores. Los creyentes infieles no per­derán su salvación, pero tampoco gobernarán con Cristo en el reino.

            Ser infiel, un verbo en el tiempo presente, a lo menos señala una falta de fe. Aun si un creyente inestable se con­vierte en un incrédulo, su salvación no estará en juego, ya que Cristo permanecerá fiel. Se trata de una fidelidad incomprensible para muchos seres human­os. ¿Por qué tanta fidelidad de parte de Cristo? El himnólogo dio la razón por la cual Cristo no retirará el don de la vida eterna cuando dice que "no puede negarse a sí mismo". ¿A qué se refiere eso? A la unión que cada creyente comienza a compartir en el cuerpo de Cristo en el momento en que confía en la muerte del Salvador como pago por su pecado (1 Cor. 12:13). Cualquier acción que Cristo tome contra el inconstante, la tomaría contra sí mismo, pues cada creyente es miembro integral de su cuerpo. Cristo no negará la salvación a un hijo sin fe, puesto que si lo hiciera conllevaría el negarse a sí mismo. Por lo tanto, fiel o no, todos que en algún momento hayan ejercido fe salvadora forman una parte permanente de su cuerpo.

            Podemos resumir cuatro enseñanzas en este himno. Primero, todo creyente tiene el potencial de disfrutar la vida abundante. Segundo, los creyentes fieles recibirán una recompensa. Tercero, los que niegan la fe no recibirán ningún galardón y cuarto, los creyentes que pierden o abandonan su fe retendrán la salvación debido a la gran fidelidad de Dios. Los verdaderos hijos de Dios no dejarán de serlo aunque sean débiles o desobedientes. La fidelidad de Cristo para con nosotros no depende de la nuestra para él. No exige la reciprocidad de nuestra parte para la retención de la vida eterna.

            Es posible ilustrar estas verdades por medio de dos personajes de la Biblia. Pedro en un tiempo creyó (Mt. 16:16-18, Jn. 6:68-69), pero la noche de su arresto Cristo le anticipó la prueba a su fe, la oración por su constancia y el liderato que iba a ejercer entre los discípulos después de su infidelidad (Lu. 22:31-32). Está claro que lo que estaba en juego era su fe, no su salvación. Juan el Bautista también puso su fe en el Cordero de Dios (Jn. 1:29-34). Sin embargo, más tarde comenzó a dudar. A pesar de ello, Cristo le identificó como el hombre más grande jamás concebido por mujer (Lu. 7:17-20, 27-28), y lo dijo precisa­mente en el momento cuando su fe estaba flaqueando más que nunca. En ningún momento Jesús insinuó que su salvación estaba en juego. Al contrario lo alabó y honró con el título de profe­ta.

            En el caso de estos héroes de la fe el diablo como león rugiente deseaba devorar algo. ¿Qué fue? Quería destruir la fe. La experiencia de otros ha sido igual. Por eso Pedro manda resistirlo con firmeza (1 Pe. 5:8-9). La fe se encuentra bajo el ataque constante. No obstante, aunque flaquea el creyente inestable, su salvación siempre está anclada en la naturaleza inmutable y la gracia eterna de Dios -- no en las vaivenes de nuestras vidas.

            Pero responden los condicionalistas, "¿Me estás diciendo que podemos aceptar a Cristo como Salvador y luego hacer lo que nos da la gana y seguir siendo salvos?" Para muchos este ar­gumento es la médula que diferencia los condicionalistas de los incondicionalistas. Les repugna la idea de que se conceptúa a Cristo como una especie de póliza de seguro contra los incendios infernales mientras que el que haya profesado fe no tenga la más mínima intención de cambiar. Algunos lo interpretan como un ataque contra la santidad de Dios. Insisten en que un Dios santo demanda una vida santa, y el que no demuestra un deseo de vivir como el Señor no tiene el Espíritu Santo. Y eso es así, sin importar cualquiera oración o confesión que haya hecha en algún momento. De manera que los condicionalistas perciben la doctrina de la seguridad eterna como una licencia para el pecado. Para ellos es una doctrina peligrosa y hay que admitir que la conducta de al­gunos les fortalece en este planteamiento.

            Otros condicionalistas afirman que la doctrina de la seguri­dad eterna permite a los inestables a salir con lo suyo -- sus pecados. Reciben lo mejor de ambos mundos -- el cielo y el placer del pecado en la tierra. Además de cuestionar la salvación de otros, algunos creyentes cuestionan y dudan de la propia suya, ya que no creen que Dios puede perdonarles todos los pecados ya cometidos. Creen que cuando crucen el límite de la paciencia divina o el número de los pecados permitidos o cuando hayan cometido algún pecado grave o mortal, pierden su salvación.

            O los condicionalistas tienen una interpretación equivocada de la santidad de Dios o desconocen la enseñanza bíblica acerca de las recompensas y el cielo. De un lado los incondicionalistas creen firmemente en la santidad de Dios. Creen que Dios es infinita­mente santo y bueno, ya que no podemos nunca hacer nada para lograr o retener la salvación. Es un regalo inmerecido de Dios. De otro lado los condicionalistas al acrecentar el valor y la importancia de las obras humanas, menos­precian la santidad de Dios. Cuando introducen las buenas obras y las virtudes del hombre como medios humanos para mantener o retener la salvación, disminuyen la distancia que nos separa de Dios y menoscaban la santidad divina. La posición incondicionalista enaltece su santidad en una forma pura, y así la relación salvadora permanece libre de los esfuerzos débiles humanos para merecer la aceptación permanente de Dios.

            Pero se pregunta, si Dios es tan santo ¿cómo podrá tolerar tantas imperfecciones humanas? La respuesta: Dios resolvió este problema una vez y para siempre al castigar a su Hijo en nuestro lugar. El pecado nos separa de Dios, pero ese pecado cargado por Cristo en la cruz hizo que Dios le diera su espalda. Como consecuencia el creyente ya no corre el riesgo de que se le dé de baja de la familia de Dios. Cristo ya tuvo que sufrir el castigo humano merecido y los requisitos de la santidad de Dios para el hombre se cumplieron en él (Ro. 3:25-26).

 

            ¿Es la obediencia constante una necesidad para la salvación eterna? Un cristiano de verdad ¿siempre tiene que obedecer a Dios? Si es así, no se le permite ningún pecado, pero la Biblia contiene frecuentes exhortaciones para a los santos en contra de sus pecados. Si los cristianos no pueden violar la voluntad de Dios en ningún momento, ¿por qué estas exhortaciones? Está claro que los apóstoles se dieron cuenta de la capacidad de los cristianos para pecar.

            ¿Cómo será la eternidad de los creyentes? No será igual para todos, ya que se celebrará el juicio final del gran trono blanco en el cual se juzga a todos a base del contenido de dos libros diferentes (Apo. 20:12-13, 15) -- "los libros" y el libro de la vida. "Los libros" contienen todas las obras de los que están en espera del juicio. Se juzgará a todos conforme a sus hechos, a pesar de que ellos no determinan su destino eterno. Eso se determinará a base de los nombres escritos en el libro de la vida. De manera que hay dos clases de juicios aquí, uno para determinar quiénes serán arrojados al lago de fuego y el otro, que no se precisa con toda claridad en este texto, en relación con las obras.

            Es probable que Pablo explicara el propósito de "los libros" cuando dijo que todos nosotros tenemos que comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba lo que le corresponde, según lo bueno o lo malo que haya hecho durante la vida (2 Cor. 5:9-10). Se juzgará al cristiano conforme a sus obras. Se pasará en revista la vida entera y recibirá una recompensa justa. No determina la entrada a la vida, porque le corresponde eso al otro libro. Entonces, ¿qué determina? La recompensa por la fidelidad durante su vida de cristiano (Ef. 6:7-8, Col. 3:25; Apo. 22:12).

            ¿Importa la conducta del creyente una vez que reciba la salvación? Por supuesto, hay consecuencias eternas. La eternidad del fiel y del infiel no serán iguales. Dios es un Dios de gracia y de justicia. El siervo fiel recibirá una recompensa justa y el infiel su merecido.

            ¿Cómo será el juicio de Cristo? Pablo lo describe en 1 Cor. 3:11-15 donde especifica dos tipos de cristianos. El primero realmente aportó al adelanto del reino durante su vida ter­renal; por eso sus obras son como oro, plata y piedras preciosas. Debido a su calidad superior, sobreviven el examen exhaus­tivo del juez divino. Como resultado recibe una recompensa justa por su fidelidad. El segundo no tomó tiempo para servir al Señor. Se evalúan sus obras una por una y todas se queman. No se encontró valor eterno en ninguna. Por eso son como madera, heno u hojarasca y sufrirá pérdida ya que no produjo ningún fruto que valía la pena. Sin embargo, "será salvo"; en ningún momento este juicio ponía en juego la salvación del alma. No obstante, como hijo de Dios sufrió pérdida.

 

     [1]Cristo vino a ser en la cruz lo que él no era, es decir, pecado, para que nosotros pudieramos llegar a ser lo que no éramos, es decir, justos. El Hijo de Dios se hizo hijo del hombre para que los hijos de los hombres pudieran llegar a ser hijos de Dios.

     [2]En griego la forma de la palabra sugiere la idea de la instrumentación.

     [3]Los condicionalistas mencionan con frecuencia el verso de Jesús sobre "el que perseverare hasta el fin se salva" (Mt. 24:12) y argumentan que si uno no permanece fiel hasta la muerte, no se salva. No obstante, el verso no dice nada acerca de la persona que NO sigue hasta el fin. No es una amenaza, sino una promesa para confortar a otros. El texto en sí no informa sobre consecuencias negativas, sino estimula a uno a perdurar para la recompensa en el futuro que según el contexto será la libertad del dolor material. Así que aun si uno supone que se trata del fin de la vida o la muerte de la persona, no dice lo que los condicionalistas suponen. No obstante, en esta oración el verbo salvar no se refiere a la vida eterna sino material como es el caso del v. 22. (Ver "La segunda venida y los errores según el Hijo del hombre" en La Sana Doctrina, (Marzo-abril, 1989, IV:2) pág. 2)

Continuación

 

¿Qué cosa perdió? La parábola del dueño que hizo un viaje después de encargar a tres de sus trabajadores a multiplicar sus bienes (Mt. 25:14-30) provee la respuesta[1]. Si el punto central es que en el reino venidero el fiel recibirá recompensa y el infiel perderá cualquier galardón potencial, entonces algunos siervos de Dios recibirán mayores privilegios, oportunidades y responsabilidades que otros. Su castigo sugiere un castigo severo, pero el texto no lo especifica como el infierno. Es un lugar o estado descrito como "las tinieblas de afuera", una figura que representa un rango inferior en el reino de Dios. "El llanto" y "crujir de dientes" (Mt. 24:51) sugieren frustración sobre la falta de visión y por la avaricia (compara su uso en Hechos 7:54). No obstante, podemos confiar de que para éstos el tiempo de dolor no durará para siempre. En un momento dado Dios los consolará (comp. Apo. 21:4). Pero para los fieles los premios son permanentes.

            No todo el mundo disfrutará de manera igual en el reino de Dios. Algunos serán galardonados por su fidelidad en la tierra mientras que otros no. Algunos creyentes disfrutarán ciertos privilegios y otros no. Algunos reinarán con Cristo, otros no (comp. 2 Ti. 2:12). Algunos serán ricos, otros pobres (comp. Lu. 12:21, 33). Algunos recibirán riquezas verdaderas, otros no (comp. Lu. 16:11). Algunos tendrán tesoros celestiales, otros no (comp. Lu. 16:12). Algunos se sentarán en el trono con Cristo, otros no (Apo. 3:21). Todos estos pasajes sugieren que los privilegios en el reino de Dios se determinan a base de la lealtad durante la vida. Jesús sugiere esto en su respuesta a Pedro sobre la recompensa futura de los apóstoles que sacrificaban todo por su causa. Promete el privilegio de sentarse "sobre doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel" (Mt. 19:27-28). El privilegio de juzgar a Israel les toca a los apóstoles y no a nosotros. Es un privilegio especial otorgado a un grupo específico. No todos tendrán el mismo rango y privilegio.

 

            ¿Qué es el pecado imperdonable (Mt. 12:22-32)? Hay muchos versos en la Biblia que prometen el perdón pero sólo un pasaje que menciona un pecado imperdonable. Jesús lo especificó después de que sanara a un demoniado ciego y mudo. La gente atónita pensó que posiblemente el sanador fuera el Mesías, el hijo de David, pero los fariseos le acusó del uso de poder satánico (Beelzebul). Jesús terminó su defensa contra esa acusación con las siguientes palabras: "Por esto os digo que todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu no será perdonada. Y cualquier que diga palabra contra el Hijo del Hombre le será perdonado; pero a cualquiera que hable contra el Espíritu Santo no le será perdonado, ni en este mundo, ni en el venidero". Los religiosos blasfemaban cuando acusaban al Señor de haber usado el poder satánico para efectuar el milagro aunque fueron testigos del poder del Espíritu Santo. No obstante, en vez de reconocer su origen divino, le atribuían a Satanás. Para ellos el alivio a los cuerpos y las mentes de la pobre gente era malo. Hacían entonces lo bueno malo y el malo bueno. Estaban tan cegados a la luz de que para ellos la luz era tinieblas y las tinieblas luz. Su pecado era uno de palabras, y las mismas palabras revelaban su carácter maligno.

            ¿Cómo era el pecado de los fariseos? No fue un pecado impulsivo, ya que hacía tiempo que se oponían a Jesús. Tampoco fue un pecado de ignorancia; no ignoraban el hecho, pues sabían lo suficiente para atribuirlo a Dios. Entonces fue un pecado intencional a base de su propia decisión. Ya que presenciaron el milagro, no podrían negarlo. Por eso decidieron negar su origen en el poder de Dios. Estaban tan presos de su oposición a Jesús que perdieron la habilidad de discernir entre lo bueno y lo malo. Como consecuencia escogieron lo malo y rechazaron al Espíritu de Dios que convencía al hombre de su pecado, le acercaba a Jesús (Jn. 16:8-11) y efectuaba la regeneración. Con el rechazo del Espíritu Santo, no existía la posibilidad del arrepentimiento y del perdón. Ya habían cerrado completamente sus vidas a Dios; persistían en ese pecado. Este rechazo del Espíritu no fue lo mismo que resistirle. Es posible resistirle por un tiempo como Saulo de Tarso[2], quien luego dejó de resistirle, pero una resistencia con el tiempo puede convertirse en una determinación firme de rechazar la gracia de Dios.

            ¿Es posible cometer el pecado imperdonable hoy a pesar de la imposibilidad de repetir las mismas circunstancias históricas? Algunos intérpretes dicen que no. Otros admiten la posibilidad bajo ciertas condiciones. Una condición no es la preocupación de un creyente de que lo haya cometido. Los que cometieron este pecado eran fariseos que nunca creían o reclamaban ser seguidores de Cristo. Además donde hay conciencia del pecado es evidente de que el Espíritu Santo le sigue convenciendo de su pecado. Es más probable que se trata de uno que repetidamente insiste que no haya cometido pecado (compara 1 Jn. 1:10). Claro está que alguien que resista al Espíritu Santo hasta la muerte es culpable de un pecado imperdonable, ya que no hay perdón para él en el más allá (Jn. 3:18). Pero esto no es el pecado imperdonable mencionado por Jesús quien hablaba de un pecado cometido durante la vida y por el cual no hay perdón en este mundo y en el venidero. Es un pecado en el cual uno escoge con deliberación y a sabiendas y por medio del cual se rechaza a Dios completa y definitivamente de la vida y así escoge la voluntad y el camino de Satanás[3]. ¿Cómo puede uno tener la certeza de que no sea culpable de ese pecado? Por medio del rendimiento completo, voluntario e inmediato a Dios en Cristo a través del Espíritu Santo.

            Si invocamos el nombre del Señor (Ro. 10:13), Dios perdona los demás pecados. Perdonó a David por su adulterio, engaño y asesinato (2 Sam. 12:13; Sal. 51). Perdonó al hijo pródigo por su carnalidad (Lu. 15:11-32). Perdonó a Pedro por su negación triple y las maldiciones (Mt. 26:74-75). Perdonó al apóstol Pablo por su persecución a los cristianos (Hch. 9:1). Todos se dieron cuenta de su pecado, se arrepintieron e invocaron el nombre del Señor. Abandonaron su incredulidad y confiaron en el Señor. Si hacemos lo mismo, no hay porqué preocuparnos de que hayamos cometido el pecado imperdonable. Podemos estar seguro de que somos inocentes.

 

            ¿Qué de la caída de la gracia (Gá. 5:4)? Esta frase aparece una sola vez en toda la Biblia. ¿Es sinónima con la pérdida de la salvación? ¿Qué significó originalmente? Pablo usó esta expresión únicamente en su carta a los gálatas: "Vosotros que pretendéis ser justificados en la ley, ¡habéis quedado desligados de Cristo y de la gracia habéis caído!" Veamos su contexto y su trasfondo[4].

     Unos judaizantes difundían una distorsión del único evangelio verdadero. Insistían que los gentiles tenían que obedecer la ley de Moisés para ser salvos. Esto significaba una salvación basada en obras rituales y humanas. La fe sola no bastaba, mas eran necesarias la fe y las obras. Era imprescindible observar el código moral mosaico, guardar ciertos días, llevar los estatutos en cuanto a los alimentos y practicar el rito de la circuncisión.

            Para Pablo la caída de la gracia no era cometer los vicios y pecados inmorales. Los judaizantes no estaban abandonando a Dios conscientemente. Estaban adoptando una forma de religiosidad y moralidad que limitaría aún más su libertad. Estaban al punto de comenzar un estilo de vida que demandaría obras adicionales. Por eso les ordenó a permanecer firmes en la libertad de Cristo (5:1-3), porque si se sometieran a la circuncisión, de nada aprovecharían Cristo y su muerte.  Pero Pablo estaba circuncidado y obligó a Timoteo a circuncidarse. ¿Cómo se puede compaginar esto?

            La diferencia está en que los judaizantes enseñaban que la circuncisión era un requisito de la salvación mientras que para Pablo el propósito en el caso de Timoteo era para evitar una ofensa a los judíos (Hch. 26:3). Por eso Pablo les advirtió que la confianza en un rito para la salvación no valía nada. Cualquier persona que se circuncidara a fin de salvarse añadía obras a la fe y eso demostraba una falta de fe en la eficacia de la muerte de Cristo. No era la circuncisión en sí que era mala, sino las creencias equivocadas acerca de ella. Pablo insistía también que era incorrecto escoger una parte de la ley para guardar y pasar por alto la otra si uno pensaba salvarse por medio de los estatutos. Era necesario llevar toda sin excluir nada. Por eso se equivocaban cuando mezclaban la fe en Cristo con la ley. Tenían que ver con dos pactos diferentes y un regalo deja de serlo si hay que merecerlo.

            El éxito de los judaizantes y la situación peligrosa de los gálatas obligaban a Pablo a usar lenguaje fuerte: "¡... de la gracia habéis caído!" Habían escogido la esclavitud de la ley de la cual ya habían sido libertados por la muerte de Cristo. Si se pudiera lograr la salvación por medio del mensaje judaizante, la muerte de Cristo no valía nada (Gá. 2:21). La palabra "desligados" comunica esto y el griego sugiere que lo había hecho nula[5]. Habían sido alienados o separados de Cristo. Al intercalar partes de la ley en el mensaje de la salvación, hicieron nulo la necesidad de la muerte de Cristo por el pecado. Por lo tanto su muerte no servía de nada.

            Si se habían separado de la gracia, ¿a qué habían caído? Habían caído a las obras de la ley. Lo contrario de la gracia es las obras de la ley -- no la pérdida de la salvación. Entonces caerse de la gracia significa abandonar el evangelio verdadero de la gracia y abrazar un mensaje de la salvación que requiere las obras de la ley. Por consiguiente se trata de la pérdida del modo de salvarse y no de la salvación misma. Si los gálatas acataban a la circuncisión como esencial para la salvación, ya abandonaron el mensaje de gracia por el sistema de la ley mosaica. Pablo no estaba amenazando con la pérdida de la salvación sino de la libertad (Gá. 5:1). La caída de la gracia era regresar a una vida de frustración bajo la ley.

 

            ¿Qué enseña el libro de Hebreos en cuanto a los peligros de la apostasía? Hay cinco pasajes en Hebreos que advierten de los peligros de abandonar la fe cristiana. Tres son claves para los condicionalistas.

            Se escribió el libro principalmente a los judíos cristianos para señalarles la superioridad del cristianismo por medio de un contraste con el antiguo pacto ya obsoleto y para convencerles a no volver a su antigua fe a pesar de la intensa oposición. El escritor trata de persuadirles a perseverar en la fe cristiana, una superior a la judía. Sufrían insultos, la cárcel y aun la confiscación de propiedades por su fe (Heb. 10:32-34). Por eso algunos estaban desilusionándose y contemplando un regreso al judaísmo que gozaba de la protección legal del Imperio Romano.

            Los cinco pasajes advirtieron del peligro y las consecuencias de abandonar la fe en Cristo. Fueron dirigidos a creyentes, puesto que se habían entregado sus vidas a Cristo en el pasado y aun sufrían por su causa. Es muy importante señalar que no contemplaban abandonar la fe en Dios para una vida de placer y de pecado. Este hecho los distingue de muchos casos similares hoy. No iban a dejar de ser cristianos en busca de mayor libertad. Por el contrario se volvían a una religión más estricta. Por lo tanto, el propósito de estos pasajes era mostrar las consecuencias de abandonar la fe cristiana por otra religión. Por consiguiente es incorrecto usarlos para probar que uno pueda perder la salvación en un afán de pecar -- las dos situaciones no son equivalentes.

            Antes de analizar los tres textos claves para los condicionalistas, veamos primero lo que enseña el libro acerca de la salvación. Heb. 10:1-18, uno de varios pasajes claves[6], subraya la singularidad del nuevo pacto. En v. 2 señala la falta de eficacia de los sacrificios del antiguo pacto.  Uno efectivo hubiera purificado bien con una sola ofrenda, ya que hubiera quitado la conciencia del pecado. El tiempo perfecto del verbo purificar sugiere la limpieza una vez y para siempre, y así subraya la permanencia de sus efectos, ya que nunca tendría que efectuar otra purificación. Los antiguos sacrificios eran inferiores por traer el pecado a la memoria cada año mientras que el sacrificio de Cristo era superior, ya que con un sólo sacrificio para siempre efectuó el perdón del creyente para siempre (10:10, 12, 14). Tan efectivo fue que los mismos creyentes fueron santificados (separados del pecado). Así podrían tener una relación íntima con un Dios santo.        

            Ya dos puntos básicos están claros: primero, los cristianos fueron santificados por medio de la muerte de Cristo. Segundo, fueron perfeccionados para siempre (10:14). La culpabilidad del creyente se ha quitado para siempre. Con toda razón entonces el escritor animó a los creyentes a permanecer firmes sin vacilación, pues Dios cumplía fielmente sus promesas (10:22-23). Entonces, este pasaje representativo de los que demuestran la superioridad del cristianismo presenta una firme confianza en la seguridad del creyente. Pensar que los cristianos puedan perder su salvación es sugerir que la sangre de Cristo no tiene la capacidad de perfeccionar para siempre a los santificados por Dios. Y eso coloca la sangre de Cristo y los becerros y cabras en la misma categoría. ¿Fue adecuada la sangre de Cristo para salvarnos? Según Hebreos la misma se ofreció una vez para siempre. Por lo tanto sí fue adecuada para siempre. Si uno afirma eso, pero insiste en que también nosotros tenemos que llevar los estatutos, entonces estamos insinuando una tercera posibilidad[7] que es inaceptable para el libro de Hebreos: que la eficacia de la sangre de Cristo está condicionada. Pero Hebreos está claro. La sangre de Cristo es adecuada para perfeccionar para siempre a los santificados.

 

            La primera advertencia (Hebreos 2:1-3) sugiere las consecuencias de un desliz. Algunos condicionalistas creen que el autor amenaza a sus lectores con la pérdida de la salvación si descuidan la verdad. Literalmente el verbo se refiere a un objeto llevado por una corriente de agua o aire, pero en este texto se refiere a un discípulo que se aparta su atención o a un atleta que está perdiendo su interés por el deporte debido a que otra cosa lo haya cogido. Está implícita entonces una peligrosa caída lenta y gradual. Por eso el autor les dice con firmeza, "Prestan atención". Pero si acaso no lo escuchan, pasa a advertirles por medio de una comparación con los mandatos de Dios enviados por los ángeles y el subsiguiente castigo. Su argumento es esencialmente: "Si ustedes creen que fue malo para los que no prestaron atención al mensaje de Dios comunicado por los ángeles, imagínense cómo será para los que pasan por alto el mensaje pronunciado por el mismo Hijo!" Probablemente el mensaje comunicado por los ángeles se refiere a la ley del Antiguo Testamento. En tal caso sugiere que si los que desobedecieron la ley sufrieron penalidades, ¡cuánto más los desobedientes al mandato del Señor! La responsabilidad es mayor, pues Dios usó medios superiores para validarlo; usó "maravillas, diversos hechos poderosos y dones repartidos por el Espíritu Santo".

            Cabe señalar que aunque el escritor subraya el peligro de una penalidad por descuidar el mensaje de Cristo, en ningún momento especifica la clase de castigo. O no sabía, o sabía pero no dijo, o creía que los lectores ya sabían. Pero lo cierto es que sólo hizo la pregunta: "¿Cómo escaparemos nosotros ...?" Por lo tanto es incorrecto suponer que se refiere a la pérdida de la salvación. Por la comparación que hace, tenemos una segunda razón por la cual saber que no se refiere a la pérdida de la vida eterna. Las penalidades de quebrantar la ley de Moisés no tenían nada que ver con la salvación eterna. Eran castigos justos temporales (2:2). No obstante, se advierte a los creyentes de que de la misma forma que los hebreos bajo el antiguo pacto fueron castigados por su desobediencia, así también serían los del nuevo -- pero con más vigor. La advertencia en ningún momento hace mención del cielo, el infierno o un juicio asociado con el destino eterno. Pero sí advierte que cuando un creyente comienza a descuidarse, no tardará mucho hasta que la mano amorosa, pero firme de Dios comienza a obra con el propósito de llamarle la atención. Nadie escapará -- aunque para algunos puede tardar años mientras que para otros, días o semanas -- pero nadie escapará!

            La segunda advertencia (Heb. 6:4-6): Cabe señalar primero que si este pasaje se trata de la salvación, entonces los creyentes que la pierden jamás podrán recuperarla. No habrá una segunda oportunidad, ya que se afirma claramente que "es imposible que ... sean otra vez renovados para arrepentimiento". Es imposible un nacimiento espiritual una y otra vez, pero los condicionalistas raras veces creen en una pérdida para siempre de la salvación sin ninguna posibilidad de recuperarla.

            Esta advertencia se dirija a creyentes genuinamente nacidos de nuevo, ya que fueron una vez iluminados, habiendo gustado del don celestial, siendo partícipes del Espíritu Santo y probaron la buena palabra de Dios. Estas cuatro expresiones no dejan lugar a duda de su encuentro con Cristo y de haber experimentado el poder de Dios en sus vidas y haberlo observado en otras[8]. El verbo recayeron se refiere a un abandono de Cristo sin especificar el modo. El texto no se refiere a casos en los cuales uno deja de creer en Dios o lleva una vida mundana y pecaminosa, sino al caso de los judíos cristianos que equivocadamente pensaban regresar al Dios de sus antepasados. De manera que recaer se refiere a la apostasía, la defección completa de la fe cristiana. De ellos hacerlo, les sería absolutamente imposible luego cambiar sus mentes y regresar al cristianismo. Estarían más allá de la posibilidad de convencerles de nuevo.

            Cabe señalar que el autor no dice que no podrán ser perdonados o restaurados a la salvación, sino que no se arrepentirían otra vez. El arrepentimiento en esencia es un cambio de la mente. Existen por lo menos tres clases de arrepentimiento: hay lo que no tiene nada que ver con la salvación eterna o por lo menos no produce la salvación. Hay el arrepentimiento que es para salvación y hay el de un cristiano que busca con sinceridad a servir a su Señor. ¿A cuál de los tres se refiere aquí? No podemos suponer que se trata de la salvación eterna simplemente porque aparece esa palabra. De hecho el trasfondo sugiere otro sentido, porque los lectores estaban a punto de cambiar su modo de pensar acerca de Cristo, y una vez cambiado de parecer, no sería posible reconvencerles. Ya habrían tomado una determinación y no iban a recapacitar y volver a sus ideas anteriores. Ya habrían visto ambos lados y una vez convencidos a ser judíos de nuevo, no regresarían a la fe cristiana jamás.

            No volverían "puesto que crucifican de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y le exponen a vituperio". Al regresar al judaísmo estarían de acuerdo con sus correligionarios que habían arrestado a Cristo en Getsemaní e hicieron posible su crucifixión. Ya no pensarían que era EL CRISTO VERDADERO sino uno falso que merecía la muerte. "Para sí mismos" señala la actitud del grupo hacia Cristo. Ahora se habrían convencido de que Jesús merecía su castigo. "Le exponen a vituperio" sugiere que al abandonar abiertamente su fe en Cristo como Mesías, su negación pública pondría en vergüenza a los fieles y a Cristo, porque otros sentirían motivados a menospreciarle también.

            Concluimos, pues, que lejos de ser un pasaje que amenaza con la pérdida de la salvación señala la seguridad del creyente. Si un judío, que había esperado la venida del Mesías, podría encontrar la salvación en Cristo y luego abandonarle sin el peligro de la pérdida de ella, ¿qué tenemos que temer nosotros? Para los humanos la deslealtad puede ser imperdonable, pero nuestros caminos no son los de Dios. Cabe señalar que esta advertencia es seria. Es peligroso para el creyente dar sus espaldas a Cristo. Se arriesga un desliz más allá del punto de retorno, pero no el retorno a la salvación, sino al compañerismo con el Señor y la comunidad cristiana.

            La tercera advertencia (Heb. 10:26-31): Si se separa esta advertencia de su contexto, es posible interpretarla de manera que enseña la pérdida de la salvación. Se advierte claramente de que no hay provisión para el pecado para los que siguen pecando después de conocer la verdad, pues les espera un juicio de fuego ardiente.

            Si suponemos al principio de que esta es la interpretación correcta, surgen varias dudas. Si pecamos voluntaria o intencionalmente después de conocer la verdad, ¿quiere decir que toda posibilidad de perdón se ha eliminado? Después de todo, si el perdón se da a base de un sacrificio por el pecado y si no queda más sacrificio, entonces no hay perdón.  ¿Se refiere el pasaje únicamente a ciertos pecados o a la reincidencia? A ninguno de estos, puesto que el griego no implica una referencia a un estilo de vida en contraste con un pecado ocasional. Tampoco sugiere a cualquier persona que comete el pecado voluntariamente. Además la Biblia nunca distingue entre unos pecados por los cuales Cristo murió y otros que no. ¿Por qué limitar la eficacia de la muerte de Cristo a unos cuantos pecados en vez de para todos? Ya no existe ningún sacrificio para nadie, porque Jesús ofreció un solo sacrificio para siempre (Heb. 10:12-14). Además si este pasaje enseña que los pecados voluntarios causan la pérdida de la salvación, también lo enseña en cuanto a un solo pecado cometido voluntariamente. Y una vez perdida, jamás puede ser recobrado, pues no habrá más sacrificio por el pecado. No obstante, la vasta mayoría de los condicionalistas no creen que se puede perderla una vez y para siempre por un solo pecado voluntario.

            Existe otra interpretación más probable. V. 26 comienza con la palabra "porque". Eso vincula la oración con el párrafo anterior (10:19-25) en el cual se anima a los lectores a permanecer dedicados a Cristo debido a lo que él hizo por ellos. Les exhorta a acercarse más a él (v. 22) y a mantener firme su confesión de fe sin vacilación. Les aconseja a tener consideración uno para el otro con amor que les alentaría hasta el día de la venida de Cristo (10:24-25). Entonces era lógico anticipar la duda de algunos lectores sobre las consecuencias de desobedecer esas exhortaciones. Por eso pasa a señalar a los lectores de descendencia judía de que después de haber vivido con la esperanza de un futuro perdón hecho posible por la llegada de un Mesías, ahora su esperanza estaría en vano, porque el Mesías ya ofreció el único sacrificio necesario. Al abandonar la fe en él, se quedarían sin la esperanza del perdón. Lo único que les esperaba al pecar voluntariamente sería el juicio con Cristo el juez -- no el Salvador. Es definitivo que esta advertencia se dirigía a los cristianos que estaban tentados a rechazar voluntariamente al Mesías. Ya no podrían justificar sus pecados a la luz de un futuro Mesías. Ya vino y en el próximo encuentro con él sería como juez juzgándoles conforme al nuevo pacto. Cabe señalar que v. 26 es básicamente una repetición de v. 18. Afirman que no hay más ofrenda por el pecado -- y ¿por qué? Porque ya hay perdón.

            La referencia a un fuego ardiente en v. 27 es similar a 1 Cor. 3:12-15 que ya discutimos. Es una referencia a un juicio para motivarles a ser leales al nuevo pacto. La prueba de fuego en el juicio destruirá las obras de madera, heno u hojarasca mientras se quedarán las de oro, plata y piedras preciosas (1 Cor. 3:12). La asociación de fuego es con juicio  -- no con castigo. El autor procede a advertirles de que el castigo de la ley de Moisés fue leve comparado con el del nuevo pacto, ya que habrán insultado la gracia de Dios y la sangre de su Hijo. Por eso el juicio venidero sería severo. No fue lo mismo pecar antes de la vida de Jesús pensando que vendría el Mesías algún día que pecar después de su venida. Ya la penalidad por el pecado se había pagado. Además presenciar nuestras obras reducidas a cenizas en el juicio sería un castigo mucho mayor que la muerte (10:29).

 

            ¿Se borran nombres del libro de la vida? Algunos condicionalistas usan Apoc. 3:5 para rechazar la seguridad del creyente. Argumentan que aunque no se borrarán los nombres de los vencedores del libro de la vida, no todos vencerán. Por lo tanto éstos correrán el riesgo de que se les quita de la lista. Si no fuera posible borrarlos, ¿por qué asegurarles que no los sacaría? Además en oración David pidió a que se borraran los nombres de sus enemigos del libro de la vida (Sal. 69:29).

            ¿Tiene validez este argumento? Primero, notemos que los condicionalistas no interpretan el contenido del verso, sino formulan su posición a base de lo que NO dice. Están argumentando a base del silencio del pasaje, que no sólo es un tipo de razonamiento muy débil sino de esa manera cambian el propósito del escritor. No escribió el verso para advertirles de un peligro, sino para animar y alabar a unos hermanos fieles en la iglesia de Sardis.

            Pero según la Biblia ¿qué es el libro de la vida? ¿Era posible borrar nombres de él? Es evidente que Juan no lo creía, pues los nombres estaban "inscritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo" (Apo. 17:8; 13:8). No se inscribieron en el momento de creer sino ya estaban inscritos desde la creación. Por lo tanto, estaban inscritos en el libro de la vida antes de que viviera el primero inscrito. Desde luego la presciencia de Dios jugaba un papel determinante al registrarlos. Entonces Dios los apuntó a base de lo que El sabía que harían y no en base a lo que en realidad habían hecho. Esta secuencia es sumamente importante, porque si Dios añadía nombres a medida de que pasaban los años, los condicionalistas podrían alegar que después habría que borrar algunos. Pero obviamente esto no es el caso. Dios apuntó los nombres a base de su conocimiento antes del hecho y no después. Por lo tanto, no existe ningún peligro de borrar nombre alguno del libro de la vida.

            Además los mismos pasajes eliminan la posibilidad de borrar nombres, porque hacen claro que los de los inconversos nunca estaban inscritos. Tampoco insinúan que no aparecían los nombres en ese momento exclusivamente, sino puntualizan el hecho de que nunca estaban inscritos. No es probable tampoco pensar que no había ningún creyente entre "todos los habitantes de la tierra" (13:8) ya que había una persecución intensa de los que llevaban el nombre de Cristo (v. 7). Podemos concluir entonces que Dios no borra nombres del libro de la vida. No hay necesidad, ya que antes de ellos nacer Dios sabía quiénes responderían a su gracia. Por eso los inscribió para siempre.

            Pero ¿por qué David pidió a que se borraran los nombres de sus enemigos del libro de la vida? Una respuesta de que o David o Juan se equivocara es inaceptable. Es más correcto reconocer que nosotros somos los que se equivocan a veces en la interpretación cuando proyectamos el significado del Nuevo Testamento al Antiguo. Por eso tenemos que preguntar, ¿qué fue el libro de la vida para David? Los antiguos hebreos conceptuaban a Dios como uno que registraba información sobre todo ser viviente en un libro (comp. Sal. 87:6; 56:8; 139:15-16; 51:1). No se trataba de un libro para inscribir a los justos y otro para los condenados. El libro de la vida era un registro de todos los vivientes. La vida en este caso se refiere a la vida física -- no a la vida eterna. Entonces David no rogó a que Dios mandara a sus enemigos al infierno, sino a que les acortara el número de años de vida. Esta interpretación es consecuente con las otras peticiones de David para sus enemigos (69:22-26): que se enfermaran y que sus familias sufrieran. Asimismo David pidió a que sus enemigos no entraran en la justicia de Dios (69:27). Todo tiene que ver con la vida física. Además alegar que ese libro fue el mismo que el del Cordero hace creyentes de los enemigos a pesar de que todo el salmo los presenta como injustos y malvados. Concluímos pues de que en el Antiguo Testamento el libro de vida fue una lista de los seres vivientes y no un listado de los justos.

            Dentro de ese contexto histórico, entonces, cuando Moisés pidió ser borrado del libro (Ex. 32:32-33), se refería al registro de los seres vivientes. No quería que Dios lo enviara al infierno, sino que acabara con su vida física. Aunque Jehová contestó su petición con un NO, prometió poner fin a las vidas de los que pecaron contra El y cumplió su palabra (compara Ex. 32:35; Dt. 1:35-36; 2:14).

            Concluimos después de un análisis de los múltiples pasajes claves de los condicionalistas de que la vida para siempre no es condicionada. La da Dios una vez para siempre sin condiciones.

 

     [1]No perdemos la salvación. Estamos seguros en la salvación, pero cuando pecamos, desobedecemos, o somos negligentes y no nos arrepentimos, lo que sí perdemos es el gozo de la salvación, el cual hace ver al hombre como si hubiese perdido su salvación. Esto se ejemplifica en la vida del rey David (Salmo 51:12) cuando pide la restauración de su gozo en vez de su salvación.

     [2]La resistencia de Saulo le llevó a perseguir a los cristianos. F. F. Bruce en The Hard Sayings of Jesus afirma de que si Saulo hubiera rechazado a la luz en el camino a Damasco, hubiera continuado pecando con el pleno convencimiento de que estaba en lo correcto y de esa manera hubiera cometido el pecado imperdonable en su vida (pág. 90).

     [3]Compara Hershel Hobbs, An Exposition of the Gospel of Matthew. Grand Rapids: Baker Book House, 1965, 153-56.

     [4]Ver también "La parte nuestra en nuestra salvación" en La Sana Doctrina (Mar.-abril, 1988, III:2).

     [5]Hacer nulo quiere decir que se elimina el valor, el impacto, el significado y, en ocasiones, las consecuencias.

     [6]Ver "La muerte de Cristo, ¿qué significa para nosotros?" en La Sana Doctrina de (Nov.-dic., 1988, III:7), 2-3.

     [7]Ver "La muerte de Cristo ¿qué significa para nosotros?" en La Sana Doctrina de la (Nov.-dic., 1988, III:7) pág. 7-8.

     [8]Según otros incondicionalista todos estos pasajes en Hebreos se refieren a judíos indecisos que todavía no habían decidido aceptar a Cristo aunque habían conocido el evangelio y la vida cristiana por haberse asociado con los cristianos "convencidos" pero "no convertidos". En cap. 6 significa que el Espíritu Santo había hecho su obra convencedora y que al asistir a la iglesia habían llegado a conocer la vida cristiana ("gustar") pero no habían creído en Cristo.

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