“La Virgen: su poder de atracción en la tradición católica,” Tomo VII:181-185
Por:  Dr. Donald T. Moore

En ciertas religiones pre-católicas, las mujeres vírgenes, a veces jugaban un papel importante asociado a la virtud y la pureza. Antes del Imperio Romano, y durante el mismo, las vírgenes vestales se encargaban de cuidar el templo de la diosa Vesta en la religión del estado. Pero también los habitantes adoraban a otras diosas vírgenes de origen griego, entre las cuales, hoy la más conocida es Artemisa, la diosa de la cacería y la Luna. Otras dos eran: Atenea, la diosa de la sabiduría, y Hestia. Éstas formaban una trilogía femenina que cumplía un triple papel de virgen, madre y matrona (en el sentido de una mujer mayor y experimentada). “En ellas se sintetizaba lo mejor de los atributos femeninos; la mujer como dadora de vida, fuente de alimento, conocedora de los misterios de la transformación y muerte, y dueña de conocimientos sobre el mundo,” pero ninguna tenía la característica o “capacidad de concebir sin haber mantenido relaciones sexuales.” Esa misma es la capacidad que distingue a María de las otras vírgenes de esa época.[1] La Virgen María, llamada por muchos la madre de Dios, fue un personaje histórico que se ha multiplicado en muchísimas representaciones y advocaciones católicas, que hoy son objetos de culto y veneración en diversas partes del mundo.

 

Breve historia bíblica y tradicional de la madre de Jesús

            “María es la mujer más sobresaliente en todo el Nuevo Testamento.”[2] Dios la seleccionó de entre todas las mujeres para concebir a un hijo, Jesús, y en ese hijo, Dios se hizo hombre, cumpliendo así profecías antiguotestamentarias (Is 7:14; 9:6-7; Miq 5:2-5a). A la vez, conforme a la interpretación católica, diferentes personajes, tipos y alusiones anticipaban y anunciaban a María. Incluyen a Sara, Débora, Judith, Ester y la esposa que era la figura central del libro poético Cantares. Asimismo, ciertos elementos simbólicos, como el Arca de la Alianza, la anticipaba. Incluso se interpreta una conexión profunda con Eva, la madre carnal de los seres humanos, y María, la madre espiritual, “pero con el agregado de la gracia – la posibilidad de conseguir y canalizar los favores de Dios.”[3]

            En por lo menos ocho ocasiones, el Nuevo Testamento describe a María como madre, en relación con su Hijo. Fue seleccionada para ser su madre, debido en parte, a ser descendiente del rey David,[4] y tenía, por lo menos, una hermana (Jn 19:25). Según los evangelios apócrifos, los padres de María eran Ana y Joaquín; otras fuentes dicen que era nativa de Probática, conocida también como Bethesda, un sector en Jerusalén. Además, en 1854 el papa Pío XII emitió el decreto Ineffabilis Deus, que anunció que María nació libre del pecado original, dogma católico conocido como la “Inmaculada concepción,” “en virtud del cual, fue desde el origen, una mujer pura.”[5]

            El evangelio de Mateo menciona el matrimonio de María con José, evidentemente, conforme a un acuerdo entre los padres de ambos. Sin lugar a dudas, fue un hombre mayor que ella. Pero antes, según el evangelio de Lucas, ocurrió la Anunciación, o sea, la aparición del ángel “Gabriel para informarle que el Espíritu Santo concebiría en ella al hijo de Dios” (Lu 1:26-38). De esa manera, le comunicó la encarnación del Verbo (Jn 1:14). Lucas establece la condición virginal de María, pues María indicó al ángel que no había tenido relaciones sexuales con ningún hombre, y el ángel le explicó que la concepción de su Hijo sería obra del Espíritu Santo. Además, como confirmación del poder de Dios, se le adelantó la preñez de Elizabeth (Isabel) quien llevaba en su vientre a Juan el Bautista, el precursor de Cristo. Aunque María “se turbó,” siendo confundida y perpleja (Lu 1:29), respondió con humildad, sumisión y fe. Evidentemente, fue su visita a Elizabet lo que la ayudó a suavizar y tranquilizar la situación. Allí pronunció “el Magnifícat” (Lu 1:46-55) en el cual María ensalza la grandeza y bondad de Dios, y “confiesa que Dios es un Dios de justicia y misericordia,” pues ensalza a los humildes y humilla a los poderosos. En contraste, al saber de la situación, José luchó con su enojo, desconsuelo y pensamientos de repudio, debido a la noticia del embarazo de su comprometida; pero el ángel del Señor lo visitó en un sueño y le convenció de que era cierto y, que el hijo, Jesús, iba a salvar a su pueblo de sus pecados (Mt 1:20-24).

            A partir de la anunciación del ángel, la vida de María siempre estuvo ligada a la de su hijo Jesús. Siguieron, con prontitud, una serie de hechos que incluyeron: el nacimiento del niño, su circuncisión, la visita de los pastores (Lu 2:8-20), nombrándole Jesús, y su presentación en el Templo Herodiano 33 días más tarde para el rito de la purificación y la redención de los primogénitos (vea Éx 13:2, 11-13) con un sacrificio (vea Lev 12). En el templo, Simeón estaba convencido de que vio al Mesías en el infante Jesús (Lu 2:25-35), y los padres se quedaron “maravillados” por sus palabras. Además, Ana expresó gratitud al Señor por la llegada de su redención en la persona de Jesús (Lu 2:36-38). Lucas repite dos veces que María “guardaba todas estas cosas en su corazón” (Lu 2:19, 51), lo cual le señala a ella como la fuente de esta información acerca de la niñez de Jesús. En su cuidado de cumplir con la ley de Moisés en el nacimiento de Jesús, se palpa la fidelidad de ambos padres. Finalmente, ocurren la visita de los Magos (Mt 2:1-11) en una casa, la huida de los tres a Egipto y la vida posterior de la familia en Nazaret (Mt 2:13-23).

             “Cuando Jesús cumplió los 12 años, la familia subió a Jerusalén para la celebración de la pascua” (Lu 2:41-50). Con estos sucesos, comienza una transición en la relación de Jesús con sus padres. Primero, se subraya de que José y María eran creyentes devotos a su fe, pues viajaban cada año a Jerusalén para celebrar la fiesta de la Pascua (2:41), un festival anual donde se exigía sólo la presencia del varón. También sus padres se asombraron, evidenciando así su falta de comprensión de su hijo de 12 años, pues ¿cómo podría él dialogar con las autoridades religiosas en el templo (2:48)? Tampoco entendieron la explicación de Jesús acerca de su misión (2:50).[6]

            Después existen vacíos informativos, tanto de la vida de la madre como del hijo; pero se infieren otros acontecimientos, como que María fue muy discreta acerca de la forma sobrenatural de la concepción de Jesús. Además, ¿Tuvo o no tuvo María otros hijos? Para la Iglesia Católica, María no tuvo otros hijos, pues se insiste en que los “hermanos del Señor” o “de Jesús” fueron sus primos, hijos de una hermana de María. No obstante, para la mayoría de los evangélicos fueron más de cinco hermanos carnales, hijos de María y José.[7] También se infiere que José siguió al lado de María hasta su muerte, antes del primer milagro en Caná de Galilea. Asimismo, María vivió una vida santa y ejemplar como madre de Jesús y esposa de José,[8] y al “parecer, José falleció en algún momento entre la edad de los 12 años de Jesús y el comienzo de su ministerio público. La última vez que los Evangelios mencionan a José fue cuando Jesús tenía 12 años” (Lu 2:41-51). “Esto significa que María se quedó viuda con al menos siete hijos a su cargo.”[9]

            Cuando Jesús comenzó su ministerio público en Galilea, María reapareció en las bodas de Caná (Jn 2). Su Hijo llegó con varios discípulos y María le dijo que se quedaron sin vino. Jesús respondió de una forma que algunos creen descortés; pero eran palabras respetuosas, típicas de la época, llenas de firmeza, pues anticipaba su ministerio público y su propósito en el plan redentor de Dios. Cuando faltó vino, es evidente la dependencia de María de este Hijo, pues le pidió ayuda indirectamente. No obstante, no comprendió el significado de las palabras de Jesús cuando le dijo, “aún no ha venido mi hora,” porque ella tenía fe en que él obraría comoquiera (2:5). Pero su Hijo le quería comunicar que la influencia de ella en su vida iba a menguar y, en su lugar, la voluntad de Dios sería primordial de ese momento en adelante. Esa voluntad iba a ser ahora la fuerza gobernante en su vida.

            Posterior a esto, los pocos contactos entre María y Jesús manifestaban la falta de comprensión de la familia por la misión de su Hijo, pues los hermanos y la madre querían llevarlo a Nazaret para cuidarle de su “locura.” Obviamente, la reacción de ella demostró su preocupación por el bienestar de su Hijo (Mt 12:46-50); Mc 3:20-21, 31-35; Lu 8:19-21). Además, era normal que hubiera cierta tensión entre Jesús y su misión, y los intereses de su familia. Por eso, Jesús tuvo que recalcar la gran importancia de sus vínculos espirituales con su Padre celestial, los cuales eran mayores y más trascendentes “que cualquier relación terrenal, incluyendo a la familia consanguínea” (Mar 3:31-35). “Esta impresión de alejamiento y frialdad entre ellos se disipa en uno de los momentos cruciales de la vida de Jesús: su Pasión.”[10]

            Existen muy pocas referencias a María, la madre, durante el ministerio público de Jesús, antes de su crucifixión. Los sinópticos mencionan solamente dos de ellas, mientras que Juan menciona otras dos ocasiones y, en cada caso, ella está sujeta a la voluntad del Hijo.[11] En la primera referencia en Marcos, la familia de Jesús teme por su “cordura” y por su seguridad, debido a su ferviente dedicación religiosa, y la creciente oposición de los dirigentes judíos (Mc 3:20-21).[12] En la segunda referencia (Mt 12:46-50; Mc 3:31-35; Lu 8:19-21), su familia, incluso María, le tiene amor, pero poca comprensión. El gentío es tanto que no pueden acercarse personalmente. “Quieren llevarse a su famoso pariente por creer que él ha sobrepasado los límites de sus fuerzas, y por temer las consecuencias de la oposición de los poderosos fariseos. Quizás sus hermanos también crean que atender la carpintería es más importante que predicar, pues aún no creen en él.... Jesús responde que los parientes espirituales son preferibles, antes que los carnales.”[13]

            En una tercera referencia (Jn 7:2-10) a la familia no está la madre, sino sólo los hermanos del Señor, que aún no creen en su misión espiritual. Le critican por hacer sus maravillas en la distante provincia de Galilea, lejos del centro espiritual del pueblo judío, donde está el templo en Judea. También, aunque “saben que los dirigentes religiosos de allí se oponen tenazmente a la obra de su hermano....”,[14]  le aconsejan que fuera con ellos a la fiesta de los Tabernáculos en Jerusalén, donde ganaría fama. Jesús rechazó sus consejos; no los acompañó, pero sí después, subió a solas a la fiesta. Claramente, en ese momento, existían todavía grandes tensiones entre ellos, y una desconfianza mutua, tal vez por una competencia o rivalidad entre los hermanos.

            Según una anécdota apócrifa, María y Jesús se encontraron en el camino de ascenso al Calvario. En esta reconstrucción del Vía Crucis del episodio denominado “Santa María del Espasmo,” María se desmayó.[15] En el evangelio canónico de Juan, el encuentro fue después, cuando María estuvo cerca de la cruz, donde su Hijo agonizaba. Estaba acompañada de Juan, el discípulo amado, cuando en la cruz el Siervo sufriente le dedicó una de sus Siete Palabras a ella (Jn 19:25-27). Para la Católica, sus palabras, “he aquí tu hijo,” definen a María como la madre espiritual de toda la humanidad, no sólo de Juan. Para el evangélico, Jesús se dirigió específicamente al discípulo amado para que la cuidara durante el resto de su vida.

            Los evangelios no informan de ninguna aparición de Jesús a su madre después de su resurrección,[16] aunque ciertos escritores católicos la infieren. Posteriormente, después de la resurrección y su última aparición, la madre de Jesús, evidentemente, se mantuvo al lado de los discípulos (Hch 1:12-14) hasta el día de Pentecostés, cuando el Espíritu Santo descendió sobre ellos con gran poder (Hch 2:1), manifestándose como el Espíritu misionero. También les impartió los dones necesarios para evangelizar en las misiones de varios continentes. Para los católicos, en el día de Pentecostés el “cuerpo de María se llenó de él por segunda ocasión.”[17]

            No hay documento apostólico auténtico que se refiera a la vida de María después del día de Pentecostés. Tampoco se sabe con certeza donde murió, aunque probablemente fue alrededor del año 48 d.C. Algunos señalan que murió en Jerusalén, y otras tradiciones indican que el apóstol Juan cumplió con la encomienda de Jesús, de cuidarla durante su ministerio en Éfeso, en Asia Menor. En vez de referirse a su muerte, típicamente, los católicos usan el vocablo “Dormición.” No obstante, creen que “una vez ocurrida, los ángeles bajaron para conducirla al cielo, hecho conocido como Asunción,” la cual se distingue de la Ascensión de Cristo, porque Jesús subió porsu propia fuerza como Dios, pero ella requirió de los seres alados para ser llevada a las alturas.[18] Finalmente, cabe subrayar que “Toda la dignidad especial que pueda tener María es el resultado de su relación con Jesús.”[19]

El origen del culto mariano

            Las primeras representaciones de María aparecieron en las Catacumbas de Roma durante los primeros tres siglos y, evidentemente, éstas ya comenzaban a asimilar las cualidades de ciertas diosas paganas. Luego, debido a las persecuciones y los mártires, se comenzó a formar el concepto de que los santos eran “figuras de valor y entereza excepcionales que, en virtud de haber dado la vida para defender las enseñanzas de Cristo, al morir alcanzaron el estatus de intercesores, o abogados de las causas humanas ante la inteligencia divina.”[20] Entre los siglos IV y V d.C., a veces, los monumentos funerarios representaban a los santos con el propósito de bendecir y proteger a los difuntos. Entre estos sobresalía la presencia de la Virgen identificada por el nombre de Mara o María.

            Desde el principio, aparentemente, María ocupaba una categoría especial; y al paso del tiempo iba consolidando y aumentando su importancia. Aun está presente en las primeras obras teológicas importantes. Ireneo, obispo de Lyon (130-202 d.C.), hace referencia a ella como “nuestra más eminente abogada.” San Ignacio de Antioquía (40-114) ve una relación entre los misterios de la vida de Jesús y los de su madre. Para Ignacio (110 d.C), el demonio desconocía el conjunto prodigioso de la Resurrección, el Alumbramiento y la Virginidad de la madre.

            Además, el significado sobrenatural de la Virgen era un tema inspirador para muchos escritores durante esos siglos, aunque variaban sus interpretaciones. Algunos la veían como “madre de Dios” (Teotokos) y otros como la “madre de Jesús” (Chistotokos), pues sólo era la madre de la parte humana del Hijo. La discusión terminó en el Concilio de Éfeso en el 431 d.C., pues condenó la segunda idea por ser una herejía nestoriana; y se pronunció en favor del carácter divino de su maternidad. A partir de allí, María ha ocupado un papel excepcional dentro y fuera de la Iglesia Católica. Hoy todos, evangélicos y católicos, reconocen que cuando Elizabet fue “llena del Espíritu Santo,” se refirió a su prima María como “la madre de mi Señor” (Lu 1:41-43).

            Después del Concilio de Éfeso, el culto mariano se hizo más popular; y en el Siglo V se comenzó a celebrar el día de María Teotokos en Jerusalén, que con el tiempo se convirtió en la fiesta de la Dormición o la Asunción. También después del Protoevangelio de Santiago, las fiestas de la Navidad, la Presentación y la Concepción reforzaron aspectos claves de la personalidad de María.

            El papa Juan Pablo II, en su estudio sobre El culto a la Virgen María, afirma que el culto de ella ha variado entre periodos florecientes y otros críticos, los cuales, a su vez, con frecuencia promovían una renovada reverencia por ella. Además, ese Papa creía que el culto mariano iba a ser aún más influyente y profundo, tanto en el presente como en el futuro. De hecho, hoy uno de los cambios más significativos en relación con la imagen e importancia de María es la consideración de su papel en la obra de la redención de la humanidad. Juan Pablo le otorgó un carácter especial de corredentora, pues la consideró “una nueva Eva, como madre espiritual y compañera de Jesús, el nuevo Adán o padre espiritual de la humanidad.” También subrayó el papel central de la madre en la Pasión de Cristo, pues aceptó concebir a Jesucristo, lo cual significaba dar vida a quien sería la víctima del sacrificio. Asimismo, la Iglesia Católica la ha consagrado a cierto tipo de adoración especial (hiperdulía) que está entre la veneración (dulía) de los santos y la adoración (latría) de Dios; y los teólogos católicos “le dedican una área de estudio especial: la Mariología.”[21]

El culto mariano y las advocaciones

            Los sacerdotes Javier Alson y Antonio Larroca, en su ensayo Las advocaciones marianas, dan a este concepto un sentido doble. Primero, se refiere al simple hecho de invocarla, y segundo, se refiere a “un objeto específico que cambia de apariencia en la práctica histórica, pero conserva la misma esencia.”

            A través de los siglos, los diferentes pueblos y culturas desarrollaron sus propias versiones regionales de la Virgen, pero en el culto mariano no dejaba de ser la misma María de la historia bíblica y la madre de Jesús. Por ejemplo, los devotos a la Virgen de Guadalupe o a otra manifestación, “sólo están expresando su amor por la María, la madre de Jesús y a su hijo.” Tal adaptación cultural, sólo se considera posible debido al fenómeno de la enculturación, o sea, “la encarnación del Evangelio en las culturas autóctonas.”[22] Significa eso, que ella tiene una capacidad de adecuarse como “el arquetipo materno,” adaptándose así a cada lenguaje, raza y a su vestidura. Hay ejemplos de esto entre el pueblo mexicano y la advocación[23] que se llama Guadalupe, y aun en la religión islámica, donde es conocida como Maryam bint Imran.[24] En todo este proceso de adaptación, como madre espiritual de la humanidad, se adentra en los corazones de los devotos sufrientes y afligidos que le imploran día tras día a fin de aliviar sus padecimientos.[25]

            En parte, estas representaciones marianas se deben al distanciamiento de la figura del Hijo durante los siglos posteriores, pues se le presentaba más bien como Creador y Juez, que como Mediador. En contraste, el apóstol Pablo subraya la relación exclusiva del Hijo como el único intercesor entre Dios y el hombre (1 Ti 2:5), y el apóstol Juan lo ve como el único abogado entre el creyente y Dios (1 Jn 2:1). Esos apóstoles jamás aceptaban a la madre de Jesús o a los santos como otros mediadores, ni siquiera para rogar al Hijo por ellos y nosotros.[26] Es trágico que ciertas culturas matriarcales han recurrido a la imitación de su propia práctica cultural al hacer más llamativa la figura maternal, pero más distantes las figuras compasivas y amorosas del Hijo y del Padre (Jn 3:16). Los evangelios presentan sólo a Jesús llorando por el dolor de sus seguidores (Jn 11:35); nunca lo dicen de María, los apóstoles o los “santos.” Así que, la tendencia de las personas y pueblos de moldear su teología y adoración conforme a su patrón cultural humano más bien que conformarse a la revelación bíblica del mundo celestial (comp. Ro 12:2) les ha llevado a alejarse de la misma tradición apostólica en la fe cristiana de las Sagradas Escrituras.

 

 

 

 

(SD Maria Virgen)

 

[1] Rafael Muñoz Saldaña, “El Poder de la Virgen,” Muy Interesante (Año XXVI:12) , 32-50. Sobre María, la madre de Jesús, ver también “Creemos en la Virgen María,” Las doctrinas sanas y las sectas malsanas, I:46-51 y “Compartiendo nuestra fe con los católicos,” DSySM, III:17-18.

[2] Glenn McCoy, “María: Todo lo que sabemos,” Estudios Bíblicos Lifeway para Adultos: Manual para el Líder (Dic 2009 a febrero, 2010), 168.

[3] Muñoz Saldaña, 34.

[4] Ibid., 34.

[5] Ibid., 34-35.

[6] McCoy, 168.

[7] Ver “¿Quiénes son los hermanos del Señor?” Doctrinas Sanas y las Sectas Malsanas, I:23-25. Dos evangelios dan los nombres de los varones y también mencionan las mujeres (Mt 13:54-58; Mc 6:1-6a).

[8] Ver “Creemos en la Virgen María,” DSySM, I:46-51.

[9] McCoy, 168.

[10] Muñoz Saldaña, 34-35.

[11] Los pasajes principales que se refieren a María son Lucas 1-2, 8:19-21, 11:27-28; Mateo 1-2, 12:46-50, 13:54-58; Juan 2:1-11, 19:25-27; Marcos 3:20-21, 31-35; 6:1-6a; Hechos 1:14 y Gálatas 4:4.

[12] Cecilio McConnell, Los Evangelios en paralelo (El Paso: CBP, 2001), 80.

[13] Ibid., 82.

[14] Ibid., 140-141. Después de la resurrección y las apariciones de Jesús, Jacobo (Santiago) y Judas llegaron a ser misioneros y portavoces de la fe cristiana.

[15] Muñoz Saldaña, 38. La película “La Pasión” incorpora esta tradición en forma vívida.

[16] “¿Por qué Jesús no se apareció a Su madre?” DSySM, VI:97-99.

[17] Muñoz Saldaña, 40.

[18] Muñoz Saldaña, 40.

[19] Cita de McCoy de Pheme Perkins, “Mary in the Gospels,” Theology Today 56:3 (octubre 1999), 298.

[20] Muñoz Saldaña, 44.

[21] Muñoz Saldaña, 46, 48.

[22] Muñoz Saldaña, 48.

[23] Ver “Las apariciones,” DSySM, I:276-285. Entre las otras advocaciones marianas y ejemplos del culto mariano incluyen la devoción del Rosario, la Virgen de la Candelaria, la Virgen de Lourdes, la Virgen de Fátima y la Virgen de Medjugorje. Aunque en P. R. muchos siguen clamando a la Virgen del Rosario del Pozo, o sea, la “Purísima del Pozo,” por su escudo protector, la jerarquía católica romana rechaza su veneración y la condena como sectaria.

[24] El Corán, Sura (capítulo) 19.

[25] Muñoz Saldaña, 50.

[26]Ver  “Compartiendo nuestra fe con los católicos,” DSySM, III:17-18.

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