“María, madre del Señor Jesús, ejemplo universal de madurez,” VIII:189-193 [SD (May-jun 2014), 1-5]
Por:  Dr. Donald T. Moore

           María fue una firme creyente con profunda sabiduría espiritual[1] y como mujer abrió su matriz a Dios, buscó y luchaba intensamente por comprender a su hijo aun a veces se sintió rechazada por él y a pesar de su confusión sobre él, comoquiera estuvo junto a la cruz de Jesús en su muerte. En medio de todos sus dolores crecía en su fe en su Señor y relación con El. Fue una mujer que en vida permaneció fiel a su llamado y esa vocación afectó profundamente sus creencias. Fue una mujer cuyas mejores opciones forjaron un capítulo rico de espiritualidad vital.[2]

            La teología sistemática estudia el conocimiento del hombre acerca de Dios: su persona en la Trinidad, su acción creadora y redentora, su gracia y amor inmensurable y su persistencia en estar presente y en comunicación con nosotros mediante la Palabra revelada. Pero para que la teología tenga un sabor de las cosas de Dios y el olor de lo trascendente, tiene que nacer un encuentro, aunque inesperado, de la persona con Dios y en el caso específico de María; posiblemente su encuentro sorprendente ocurrió cerca de un fuego donde ayudaba en la preparación de la comida. Allí en una cocina humeante, quizá llevaba puesto un mantel carcomido y estaba agarrando una sartén vieja cuando el mensajero angelical de Dios la visitó y la saludó diciendo: “¡Salve, llena de gracia! El Señor está contigo” (Lu 1:28) o probablemente mejor entendido: “¡Te saludo, muy favorecida! El Señor está contigo” (RVA).

            La doncella María dio o prestó la parte más importante de su cuerpo a Dios: su matriz virginal, el profundo lugar donde comienza la vida. No le impuso ninguna condición, sino aceptó la revelación de Dios con todo su corazón. Como sierva se rindió por completo a su Señor. Eso es lo mismo que Dios espera de nosotros—un  rendimiento incondicional a Él y sin ningún pero…, un rendimiento de lo que nosotros valuamos como lo más importante de nuestra vida. De esa manera nace un verdadero discípulo. Un fiel pensador y creyente es una parte de todo discípulo que vive en una obediencia expectativa. Así la matriz preñada de María sirve para enseñarnos que la fe y la comprensión se maduran en una esperanza viva del cumplimiento de las acciones y promesas de Dios. Es una madurez en una vocación obediente de un discípulo fiel que no cede aun cuando confrontada por las sospechas de su compromiso y tampoco cuando confrontada por los chismes y rumores en voz baja de los de su pueblo. Permaneció fiel a la visitación del ángel de Dios aun de frente de los malentendidos y oposición de su aldea. Fue un ejemplo digno de imitar.

            María no vivió su vida en soledad, sino no tardó en buscar la compañía y el consejo en una comunidad de fe lejos de su casa en Nazaret. Visitó a su prima Elisabet, también llamada Isabel, que era una compañera preñada y cuyo esposo fue un ministro de Dios en el templo en Jerusalén. El encuentro entre las dos mujeres fue un suceso con intensa emoción divina y humana, pues saltó el bebé en su matriz y Elisabet recibió la llenura del Espíritu Santo (Lu 1:41). La futura madre de Jesús y la de Juan el Bautista pasaron tres meses juntas, fortaleciéndose mutualmente y maravillándose en la nueva comprensión de cómo Dios estaba dirigiendo sus vidas en las obras de su Señor. También de esa manera cuando nosotros pasamos tiempo con el pueblo de Dios, crecemos en nuestra vida de fe y adquirimos conocimientos. Así es cuando pasamos un tiempo en comunión con personas escogidas a vivir sus vidas en la agonía y la felicidad de su experiencia vocacional, pues se comparten historias y la angustia de tratar de comprender y discernir bien nuestras experiencias que no entendemos del todo. Nuestra fe no es sólo individual o algo guardado en una libreta de apuntes sino es algo para ser compartida en comunión con otros llamados a servir o que están buscando una respuesta de Dios.

            María expresó sus pensamientos en una poesía que presentaba un sentido de la historia de redención de su pueblo reconociendo la fidelidad de Dios a través de muchos siglos. Rindió su vida al plan y proyecto de Dios y aun discernió parte del propósito salvífico del Todopoderoso. En su Magníficat (Lu 1:46-55), María expresó una teología de gratitud con un ritmo típico de su pueblo, invitándonos a unirnos al plan de Dios en la historia poética de nuestras vidas. De forma parecida encaramos una invitación para colocarnos en las manos de Dios y entender la historia de nuestras vidas desde la perspectiva de la visita de Dios a nuestras vidas y en nuestra vocación. Debemos unirnos a la fidelidad de Dios en toda la historia de redención y aunarnos en los cánticos e himnos y otras creaciones nuestras al cantar sus loores.

            Con una creciente expectativa, María aprendió a dejar las puertas de las posibilidades abiertas mediante su comunión y cuidado del niño Jesús. Aun en la visita al templo en Jerusalén con su hijo de 12 años le dio luz sobre la capacidad y creciente madurez y sabiduría de su misión en su vida aunque no lo entendió del todo, guardaba esas experiencias en su corazón meditando sobre ellas y posiblemente compartiendo sus preocupaciones con su esposo José. Probablemente trataba de entender la mente del niño, ya adolescente y miembro oficial de su religión, para ayudarla a comprender los pensamientos de su hijo. Con la muerte de su esposo,[3] al paso de los años aumentó su dependencia en el hijo, ya un hombre más devoto a su Dios y a su llamamiento que otros niños que conoció. No obstante, agradeció su cuidado para toda la familia durante evidentemente más de una década hasta que ese varón llegara a la edad de 30 años cuando su hijo ya tenía más libertad para su llamado espiritual.

Aun en la ocasión de la boda de Caná, le dio algo del nuevo vino creado del agua que su hijo sorprendentemente colocó en las tinajas de piedra delante de los invitados. Era una sorpresa porque Jesús demostró en su contestación renuente en actuar a petición de ella, como que le estuviera diciendo que la relación de madre-hijo ya no era la misma del pasado y porque este milagro fue su primero. Su influencia sobre él decreció y la misión del Hijo le llevó lejos de ella. No obstante sus palabras, ella no se dio por vencida. Así su creencia en su hijo, ya un hombre maduro, crecía e indudablemente ella se quedó con la boca abierta frente a la primera señal que mostró sus poderes milagrosos (Jn 2:3-5, 11-12). Pudo crecer porque había aprendido que tenía que dejar las puertas abiertas a un hijo que sobrepasaba sus primeros sueños y esperanzas. Así se allegó más y más a él, ya que no tenía una mente cerrada a las sorpresas de su hijo. De esa manera lo iba conociendo mejor, aprendiendo de él y confiando y dependiendo más y más en su grandeza pero a la vez tuvo que luchar intensamente por entender mejor a su hijo y no sentir desesperación. Le ayudó mucho también enfocar su vida de la perspectiva de la historia del pueblo de Dios a través de los pasados siglos.

            Tengamos cuidado hoy que nuestro profesionalismo no nos aleje tanto del pueblo que no podamos entender sus preguntas o simpatizar con sus agonías de ayer y hoy. La falta de fe y experiencia vería sólo tinajas vacías para el vino durante la celebración de la boda, pero ella tomó la iniciativa de comunicar el problema a su hijo, ya un hombre de 30 años y Jesús comprendió muy bien el problema. Como pueblo de fe escuchemos las dudas de otros, no siempre hablando y dando respuestas. De esa manera podemos responder mejor y ayudarles con más sabiduría espiritual a solucionar los problemas o adaptarse a ellos. Que llevemos a Dios mismo nuestras necesidades y las de la gente.

            No existía una harmonía siempre en sus relaciones con toda la familia, porque probablemente María se vio obligada a depender de Jesús debido a la muerte de su esposo antes del comienzo de su ministerio público fuera de Nazaret. También encontró una gran confiabilidad en ese varón y evidentemente inició una relación de dependencia como madre de su primer hijo (Lu 2:7). Por eso, otros miembros de la familia la resintieron y concluyeron que ella favorecía a él más que a ellos. Todo esto resultó en resentimientos, desacuerdos, conflictos y desavenencias en la familia. Le fue un gran reto para María mantener toda la familia unida. Evidentemente ningún otro pariente de ella le pudo dar el apoyo que le hacía falta cuando Jesús comenzó la misión pública como el Mesías. Se palpa esa desunión especialmente en que ningún familiar o pariente le acompañó en la ocasión de su bautismo por Juan el Bautista en el río Jordán (Mt 3:13-17). Debido a los malentendidos en la familia tampoco Jesús quiso que ellos le acompañaran en un viaje a Jerusalén para una fiesta anual judía (Jn 7:1-10) y ni siquiera seleccionó a uno de su familia nuclear entre los 12 discípulos de los más allegados como sus apóstoles. Asimismo se ve esa tensión en que no lo apoyaron durante sus tres años de ministerio público y tampoco acompañaron a María para consolarle en el momento de su ejecución injusta e ilegal en la cruz. Además, sólo después de su aparición a Jacobo (Santiago) (1 Co 15:7) hubo una reconciliación entre ellos que ayudó a restaurar la unidad en la familia justo antes del día de Pentecostés (Hch 1:14).

 A pesar de todas las tensiones, los resentimientos y los antagonismos durante varios años, María luchaba por mantener la unidad de la familia,[4] pero no era siempre fácil, especialmente cuando llegaba a sus oídos los rumores del fanatismo religioso de Jesús, según algunos, o, según otros, su locura (Mc 3:21), llegaron a los oídos de ella. ¿Qué de la experiencia angustiosa de los rumores de la gente de la locura de su hijo? Se vio obligada a juntarse en compañía de otros familiares o parientes para buscar al hijo mayor y llevarle a la protección del hogar donde pensaba que su amor y cuidado por su hijo lo protegería (Mt 12:46-50; Mc 3:31-35; Lu 8:19-21). Pero la reacción pública del rechazo de Jesús de ellos y de rehusar a reconocerlos como familia fue como una espada que traspasaba su alma (Lu 2:35). ¡Qué dolor sintió la madre de Jesús ante la respuesta de su hijo predilecto! Le dolió su alma, espíritu y mente. Sintió una confusión de sentimientos, percepciones y pensamientos. Su contestación fue como una negación de su maternidad, de su familia y de la fe de ella en él (Mt 12.46-50; Mc 3:31-35; Lu 8.19-21). En esa ocasión inolvidable aun con las mejores buenas intenciones de su hijo no comprendió ciertas palabras sorprendentes sobre ella y de su sobreprotección y cuidado de él (Jn 2:4). A veces las palabras enigmáticas, paradójicas y misteriosas de Jesús la chocaban y crearon confusión en ella y aun a veces se culpaba a sí misma. Asimismo a veces le preocupaba el hecho de que su hijo predilecto no se casaba y tuviera descendientes como era lo normal, pero a la vez entendía que él tenía una misión divina a cumplir. No obstante, en otras ocasiones entendía que la gran responsabilidad que él llevaba sobre sus hombros con constante dedicación y compromiso sustituía a lo que antes era una carga familiar. Y gracias a Dios como mujer sabia aprendió a balancear lo incomprensible con su amor, paciencia y con calma, sin explosiones de frustraciones o sentimientos fuertes cuando no le fue fácil comprender. Todo eso también lo guardaba en su corazón.

Eventualmente María siguió el camino a la cruz. Recorrió el sendero y las calles hasta el lugar de la crucifixión de su hijo. ¡Cuánto le dolía el corazón! Con lágrimas y, a veces, tropiezos, cerca del Gólgota descubrió su vocación y la paz verdadera en medio de la pérdida de su primogénito (Lu 2:7). Sintió el perdón por todas sus culpas, dudas y pecados, pues la gracia de Dios la tocó profundamente, dándole una redención que ella no mereció pero que su Hijo pagó por ella y toda su familia y todo el mundo a precio de su sangre. Allí mismo, junto a la cruz es el lugar donde toda experiencia cristiana y creencia comienzan y terminan, porque en la cruz todo discípulo descubre que la salvación proviene únicamente por la gracia y misericordia de Dios. Cada persona con sus doctrinas y creencias tiene que hacer una decisión sobre si va a seguir el ejemplo de María al ir a la cruz de su hijo o seguir la reacción de los primeros discípulos, pues al principio se fueron buscando lugares para refugiarse y retirarse por miedo de los incrédulos de su día. Fue junto a la cruz donde su hijo la abrazó, también nos abraza a nosotros con sus brazos perdonadores y amorosos. La cruz es el lugar de la gracia, donde podemos tener un encuentro genuino con Dios y su amor incondicional, donde la muerte del Salvador crea nueva vida en nosotros. No obstante, por lo menos al comenzar a creer en la resurrección de Jesús, también esos primeros apóstoles volvieron al pie de la cruz, donde se encontraba María. Nosotros también tenemos que seguir el ejemplo de ella y acercarnos a la cruz de Cristo que fue crucificado pero que resucitó de entre los muertos.[5]

            Las palabras de Jesús dirigidas a María desde la cruz calaron profundamente en su corazón y mente. Ellas la dieron aliento a su espíritu en medio de su angustia y el aparente abandono y separación de los otros familiares, porque ella sufrió esa experiencia solitaria, siendo la única de su familia nuclear junto a la cruz ya que como madre no podía abandonar y dejar a su hijo morir solo ejecutado por los soldados idólatras de Roma. Agradeció esas palabras porque demostraron que su primer hijo en la misma agonía de muerte la amaba entrañablemente, ya que con sus últimos respiros pensó en ella y alguien que la cuidara durante el resto de su vida. Lo maravilloso fue que en un momento de gran agonía para ambos se sintió consolada y segura. Esas palabras le dieron aliento a su espíritu en medio de su congoja y un aparente abandono y separación de los demás familiares. Gracias a Dios tuvo la fortaleza para permanecer fiel a su deseo y deber aunque se sentía sola aun estando en la compañía de las otras mujeres y el discípulo Juan. Le consoló grandemente el hecho de que su hijo que hacia milagros quiso suplir sus necesidades al entregarla al discípulo amado Juan, que también fue familiar pero lejano de ella. Guardó y atesoró esas palabras en su corazón como otras tantas de ese mismo hijo. Penetraron en su mente en ese momento de lucha emocional. Esas palabras también señalaron la importancia de la familia que no estaba dispuesta a apoyarle en su ministerio mesiánico como el Salvador de ellos y el resto del mundo.

Pero con la muerte cruel de su Hijo no terminó su vida, pues la muerte de un ser querido no termina nuestra vida. Juan la cobijaba desde ese momento en adelante durante el resto de su vida, porque, según la tradición, se quedó al lado de ese apóstol aun en su ministerio misionero en Asia Menor o Turquía de hoy. Así que ella y el discípulo amado tomaron en serio las palabras de Jesús cuando estaba moribundo. Ella seguía fiel a Jesús; nunca lo abandonó sino lo abrazó y le apretó a su pecho como nosotros debemos hacer con él y sus instrucciones. La visión de ella como la nuestra es no abandonarlo sino abrazarlo siempre aun en momentos de profundo pesar, dolor y lucha en nuestro vivir y servir. Igual a muchos de nosotros a veces, la vida de María fue rodeada de grandes retos, incertidumbres y dudas.[6] Debemos forjar nuestros pensamientos y nuestras doctrinas con sumo cuidado usando fuentes fidedignas. Hubo ocasiones cuando María no pudo comprender bien, pero sabiamente, nunca apartó su fe y confianza en su Hijo y la comunión con los otros discípulos. Indudablemente hubo momentos cuando no pudo expresar en palabas sus sentimientos, pero siempre mantuvo un corazón de fe.

Finalmente, los esfuerzos de María y de su Hijo lograron convertir el sueño de una familia realmente unida. Esa visión se cristalizó por fin después de la resurrección victoriosa de Jesús sobre la muerte y la tumba y en su cuerpo resucitado apareció a Jacobo (Santiago), hermano de Jesús (Mt 13:55, Mc 6:3 y 2 Co 15:7). Pero ¿por qué se le apareció a Jacobo? Porque estaba consciente de su incredulidad en él como Mesías y porque tenía gran potencial de influenciar a los demás hermanos junto a una capacidad de liderazgo como pastor. Sin duda, cuando Jesús se le apareció a Jacobo, que en ese momento estaba solo, lo convenció de que Él era el verdadero Mesías y, por eso, Jacobo convenció a los demás familiares de su verdadera identidad como el ungido Mesías prometido por los profetas antiguotestamentarios y que estaba llevando a cabo la misión divina en la tierra en los últimos días. Luego esos mismos hermanos carnales se unieron a los apóstoles en el aposento alto en la espera de la venida del Espíritu Santo. Por eso, se juntaron con los apóstoles y la madre de Jesús y hubo gran gozo de la nueva unidad de fe de la familia en Cristo. Debido a ese espíritu de unión y comunión, María y esos hermanos “estaban unánimes, entregados de continuo a la oración” (Hch 1:13-14, B. de América) al esperar la venida del prometido Consolador, el poderoso Espíritu misionero de Dios. Luego el mismo Espíritu Santo guió a Jacobo a servir como el primer pastor de la iglesia naciente en Jerusalén y que sus hermanos podían testificar de la madurez de Jesús y de su madre. Así que junto a otros apóstoles, se convirtieron en misioneros que viajaban a otras tierras llevando el mensaje de Jesús como Señor y Salvador (1 Co 9:5). María se alegró mucho de la conversión de ellos y en la nueva unidad en la familia. Todos se unieron en la siembra y las cosechas de las almas. La madre de Jesús siempre fue una mujer de adoración y oración (Lu 1:26-38) y con gozo se unió en oración con los apóstoles y las otras mujeres y los “hermanos de Jesús” en el aposento alto en Jerusalén. Seguramente saltó mucha alegría del corazón de María al ver que por fin su familia nuclear estaba unánime en su fe y su servicio del Señor. Aun, según la tradición, María testificó a otros pueblos y culturas en los alrededores de Éfeso en Asia Menor. Ya la familia unida se convirtió en una familia repleta de misioneros. Nosotros también debemos seguir este ejemplo y buscar la unidad misionera de nuestras familias, unidas en adoración, oración y servicio en este mundo que cada vez más abraza el materialismo secular. Aun las familias cristianas se están desmoronando y se alejan de una fe genuina en el hijo de María que ahora está sentado en el trono de gracia en la gloria a la derecha de su Padre celestial donde se mantiene firme intercediendo por su pueblo.

            En resumen, el nacimiento de Jesús fue marcado con personajes y palabras que la madre del Señor no entendió a cabalidad. En el templo no sólo escuchó palabras de elogio a su hijito sino luego ese mismo hijo tuvo una conducta muy madura, casi como un adulto, pero a veces sus palabras le eran incomprensibles. No obstante, María atesoraba todas esas cosas en su corazón (Lu 2:19, 51) y de manera semejante también nuestra doctrina, espiritualidad y fe se forjan. Aunque comprendemos algunas palabras, a veces hay otras que no podemos comprender y tomar a pecho. Comoquiera no es un problema en realidad porque nuestra fe y entendimiento dan forma a nuestros pensamientos acerca de Dios y su Hijo. Nacen dentro de nuestro corazón siempre y cuando confiamos de verdad en Dios y su Palabra. La vida de María estaba rodeada de grandes incertidumbres y profundas dudas. Así es con nosotros a veces. Había comportamiento y dichos que ella no entendió, pero en su sabiduría y madurez los respetaba. Confrontaba personajes y palabras que no entendía, pero siempre permaneció fiel a su misión y vocación. Eso es parte del ejemplo que podemos aprender de ella sin endiosarla o ponerla en pedestal como una intercesora o mediadora entre nosotros y Dios y su Hijo. Nuestra relación con nuestro Señor debe ser directa y semejante al ejemplo de madurez de María.

 

(SD Mary’s theology2)

 


 

 

[1] Ver “Palabras sabias de la madre de nuestro Señor,” La Sana Doctrina (Marzo-abril, 2012), 8-14; “La Virgen: su poder de atracción en la tradición católica,” DSySM VII:181-185; “¿Por qué Jesús no se apareció a su madre?” DSySM VI:97-99; “¿Quiénes son los hermanos del Señor?” I:23-25; “Creemos en la virgen María,” DSySM I:46-51; “Las apariciones,” I:280-285;

[2] Valdir R. Steuernagel, “Theology with an Eye on Mary,” Fuller Focus (Spring 2009), 31. De mucha estímulo y ayuda.

[3] Se sabe menos de José que de María. Un atisbo acerca de la relación de Jesús y José aparece en un pasaje en Marcos 6:3 y su paralelo en Mateo 13:55. Marcos identifica a Jesús como carpintero (albañil) y Mateo como hijo del carpintero. Tal vez es apropiado el dicho: “De tal palo, tal estilla.” Esto sugiere una influencia muy importante en la vida de Jesús, además de la lealtad de José a las costumbres espirituales judías y su obediencia a las leyes imperiales y las revelaciones divinas.

[4] Hoy tal vez algunos denominarían a su familia “disfuncional.”

[5] La tradición de un encuentro entre María y Jesús llevando la cruz a Monte Calvario no tiene base escritural aunque quizá su intención en la tradición al principio surgió para mostrar una madre más compasiva y amorosa de su hijo que lo descrito en el Nuevo Testamento.

[6] Ver “¿Tiene la duda remedio?” DSySM VII:48-52, 62-65, 82-85.

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