“Palabras sabias de la madre de nuestro Señor,” VIII:20-26
(SD (Marzo-abril, 2012), 8-14)
Por:  Dr. Donald T. Moore

            Para muchos cristianos una fuente de conflicto surge del “endiosamiento” de María por otros a pesar de que su propio Hijo se opuso el ensalzamiento indebido de su madre en dos ocasiones. Al final de un sermón de Jesús “una mujer de entre la multitud levantó la voz y le dijo: ¡Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que mamaste!” Con fuerza Jesús repudió su idea al responder: “Más bien, bienaventurados son los que oyen la palabra de Dios y la guardan” (Lu 11:27-28). El contraste entre Cristo y sus seguidores espirituales y su relación maternal de María es muy marcado. Ese rechazo del engrandecimiento de su madre sobre sus fieles seguidores se parece mucho a lo que Jesús dijo en otra ocasión en una casa llena de simpatizantes que prestaron mucha atención a sus enseñanzas. Sus parientes que incluían a sus hermanos y hermanas[1] y María esperaron afuera procurándolo. En respuesta Jesús anunció a todos: “Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la palabra de Dios y la hacen” (Lu 8:21; Mt 12:49-50; Mar 3:34-35). Una vez más el contraste entre sus seguidores y sus parientes de sangre es pronunciado. Cristo hizo claro que su prioridad eran sus seguidores y no su familia. Esas palabras de nuestro Señor en esa época tenían que ser muy chocantes para todos que daban la mayor importancia a su relación familiar. Con ellas Jesús se opuso el ensalzamiento de su madre.

            Hoy debido a la extrema mariolatría o “reverencia” y veneración a la madre de Jesús, algunos han reaccionado un tanto extremistas y aun han atacado a la misma madre de nuestro Señor como que ella tenía la culpa. Un día una estudiante de este tipo hizo un comentario despectivo acerca de María en mi clase universitaria y bien le contestó otra estudiante, una católica, más sabia: “Por lo menos, María merece ser respetada si no es por ninguna otra razón que era la madre de Jesús.”

            Está claro que el apóstol Pablo, el gran misionero “internacional” del primer siglo y escritor bíblico más prolífico, NO recibió una tradición de ensalzamiento de María, pues en su única referencia a ella ¡ni siquiera la menciona por nombre! Se trata de una simple designación respetuosa que Jesús también usó en ocasiones (Jn 2:4; 19:26), pues dice que en el cumplimiento o plenitud del tiempo “Dios envió a su Hijo” Cristo, el Mesías, “nacido de mujer” (Gá 4:4). Su énfasis está en el Hijo de Dios, que en el tiempo apropiado conforme al plan divino tal como se predijo, el Padre celestial envió a su único Hijo en carne humana mediante la intervención maternal de una mujer para redimirnos y convertirnos en sus hijos adoptivos (Gá 4:5).  Tampoco la iglesia primitiva del primer siglo la engrandecía o “endiosaba” con títulos como “Madre de Dios” o “madre de misericordia” o “abogada” o reina[2] y otros usados hoy por algunos. Ejemplo de esto se palpa en Hechos 1:13-14 cuando el historiador Lucas describe la relación de María con los once apóstoles y algunas mujeres. La madre de Jesús es una de varias mujeres orando en el aposento alto en Jerusalén después de la ascensión de Jesús; están esperando la llegada del Espíritu Santo en poder en el día de Pentecostés. Aunque es la única mujer identificada por nombre, siendo “María la madre de Jesús,” ella no sólo no es ensalzada sino es Pedro la autoridad en la reunión que él preside y no ella, porque aparece simplemente como una de las mujeres entre otras. Ésta,  la última mención de ella por Lucas, demuestra su importancia como la madre de Jesús, pero obviamente no juega un papel clave en el nacimiento del pueblo cristiano.[3]

            Y la madre de Jesús, ¿qué opinaba ella de sí misma? ¿Qué dijo a otros? Gracias a los libros bíblicos, hoy tenemos las palabras sabias de la madre de nuestro Señor en los evangelios escritos en el primer siglo por los apóstoles y Lucas. Casi todas ellas fueron habladas antes del ministerio público de Jesús, y unas pocas temprano en su ministerio en Caná de Galilea donde el hijo de María hizo su primera señal milagrosa. Algunas de sus palabras aparecen en el mismo evangelio de Lucas ya citado en el primer párrafo y también en el evangelio del apóstol Juan.

Sus primeras palabras (Lu 1:34)

 

            Las primeras expresiones de María en el evangelio de Lucas son palabras de inocencia en respuesta a un saludo respetuoso del ángel Gabriel. En respuesta a su mensaje sorprendente que ella encontró tan inquietante que se turbó y estremeció su alma y aun le infundió miedo. Y eso a pesar de que las primeras palabras del ángel le fueron favorables diciendo que el Señor estaba con ella y su gracia le favorecía. El ángel le informó que no venía en una misión para meterle miedo, sino para darle el cumplido del favor o gracia de Dios sobre ella. Por eso, la joven iba a concebir y dar a luz a un hijo que pondría por nombre Jesús y quien iba a ser grande, y sería el Hijo de Dios, que reinaría en el trono sobre el pueblo de Jacob (Israel) como lo hizo su padre y ancestro David pero en este caso regirá por la eternidad. Ella le cuestionó, pidiéndole así más detalles sobre el gran misterio que se le acabó de anunciar: “¿Cómo será esto? Porque yo no conozco varón” (Lu 1:34), pues siendo virgen, no vivía con ningún hombre. Aunque eran palabras de una adolescente, demostró tener ya una madurez precoz y saludable y un conocimiento sobre las relaciones matrimoniales, pues sabía que sin esposo o un varón no sería posible para ella tener hijos. También sus palabras demostraron una dedicación al cuidado de su cuerpo antes de contraer matrimonio, porque afirmó su pureza sexual, su inocencia y su santidad (Lu 1:34). No fue una muchacha cualquiera o desobediente a sus padres que salía con varones a escondidas, aunque es obvio que ya comprendía bastante acerca de la sexualidad humana y la procreación. Por eso, no encontró fácil aceptar las palabras del ángel Gabriel. Además, sus palabras manifestaron una espiritualidad precoz. Pudo distinguir entre un mensajero verdadero de Dios y uno que sólo se hacía pasar por un ángel de luz. Evidentemente ya tenía conocimiento de las visitas de los ángeles a sus antepasados, los renombrados patriarcas y profetas de su pueblo de las Sagradas Escrituras.   

 

Sus palabras de rendimiento (Lu 1:38)

            Las próximas expresiones de María al ángel Gabriel fueron palabras de rendimiento de una joven sumisiva y humilde, convencida de que le traía palabras de Dios a pesar de que el mensaje le parecía algo enigmático y misterioso. No obstante, se sometió humildemente sin ninguna indicación de miedo o temor, pero sí estaba segura de sí misma al hacer la decisión que le complacería al Señor. A la misma vez no estaba dispuesta a ir más lejos de lo que ya le había comunicado el mensajero de su Señor. Así contestó: “He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra” (Lu 1:38). Las palabras de la futura madre demostraron una total ausencia de rebeldía y egocentrismo. Estaba dispuesta a ser una sierva, o sea, dejarse usar como instrumento de Dios para cumplir con el plan y la comisión de Dios que el ángel Gabriel le comunicó, pues ese nombre ya ella conocía por su contacto con el sabio y devoto profeta Daniel (Da 8:16; 9:21).

            También sus palabras demostraron su disposición de cooperar con el plan divino aunque tenía sólo un conocimiento limitado pero básico del mensajero de Dios y su mensaje. Sabía sólo que iba estar bajo el poder del Espíritu de Dios y eso haría posible el nacimiento milagroso de un santo Ser llamado el Hijo de Dios y que su parienta Elisabet (Isabel) ya desde hacía seis meses había concebido un hijo a pesar de su vejez y esterilidad. Todo esto fue la obra de la poderosa mano del Dios de Israel. Todas las actitudes y acciones de María nos sirven de ejemplo y modelo admirable por su madurez.

 

Las alabanzas de regocijo y agradecimiento de María (Lu 1:46-55)

 

            Poco después desde el interior de su corazón María resaltó un canto de alabanzas a su Dios, su Señor y Salvador personal.[4] No le cantó al ángel Gabriel, quien únicamente era su mensajero fiel cumpliendo así su encomienda de llevar a María el mensaje que le prepararía espiritual, mental, emocional y psicológicamente para ser madre.

                         

                        “Mi alma alaba la grandeza del Señor;

                        Mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador.

                        Porque Dios ha puesto sus ojos en mí, su humilde esclava,

                        Y desde ahora siempre me llamarán dichosa” (Lu 1:46-48 -VP).

 

            Su alma y espíritu se alegraron en su Dios tan grande que le permitió tener una relación personal con su Salvador. Dios no la trató como una cualquiera o sólo un número en una larga fila o línea de espera. La futura madre no le cantó a su Señor diciendo “nuestro” Señor, pues obviamente sentía tener una relación muy estrecha y personal con Él. Dijo mi Señor. Para ella Dios no era una energía impersonal y distante, sino que le conocía por su nombre ya que Yahvé o Jehová era su nombre desde los tiempos de Moisés y aun antes; ella tuvo su formación espiritual dentro del pueblo de Israel que clamaba a Él como su Señor y Él les respondía y les sacaba de sus apuros y exilios.

            María le alabó a su Dios grande y poderoso porque tenía planes aun para la gente más insignificante como ella, una humilde esclava o sierva que moraba en una aldea pequeña lejos de la ciudad capital donde estaba el templo y los máximos e importantes líderes de su pueblo. No pertenecía a una familia de la alta sociedad aristocrática o a una familia adinerada acostumbrada a mandar a sus muchos siervos o esclavos. Procedió de una familia humilde y se casaría con un pobre carpintero. Evidentemente sus ancestros tenían que alejarse de su pueblo tradicional de Belén en busca de empleo y sostén para su familia, viviendo en un pueblo o aldea en la distante provincia norteña de Galilea. La grandeza de su Dios se manifestó en que se dignó buscarle a ella una pobre pero inteligente y devota señorita de procedencia de un linaje importante que también la facultaría para la misión redentora ya prometida desde Génesis 3:15. Y ¡Dios le había escogida a ella para cumplir este plan!

            Con gran regocijo elevó su voz en alabanza a este Dios grande que envió a su mensajero desde lejos para darle a una mujer humilde esperanza y un significado precioso a su vida en el futuro. Reconoció que su llamado a servir de madre era de lo más grande como siempre lo es, porque en sus manos iba a estar la crianza y formación de un varón con un potencial de hacer grandes hazañas y maravillosas obras como su Salvador y Señor. Se alegró que Él iba a ser una gran bendición para su pueblo mediante su misión redentora por su pueblo y demás pecadores. Tampoco ella estaba ajena a que su relación como madre le iba a dar grandes bendiciones que a su vez le causaría a otros a verla como una dichosa y bienaventurada mujer por el privilegio que tenía de ser la progenitora del Hijo de Dios.

            Nuestro Dios es grande para con nosotros hoy también. Como mi Señor y Salvador y como tu Señor y Salvador abre caminos para que cada vida de sus hijos tenga un impacto y una influencia hoy que redundará en grandes bendiciones para otros y, lo que es de suma importancia, para nosotros también en el presente y en el día de mañana. Dios nos escogió a ti o a mí para que fuéramos útiles en su plan de redención en un mundo que anda en perdición y corrupción. Por eso, tú y yo también podemos ser dichosos y bienaventurados, como lo fue María, porque acatamos las bienaventuranzas del Sermón del Monte de Jesús (Mt 5:3-12) y transmitimos el mensaje del evangelio de Jesucristo, viviendo así vidas que son de ejemplo para otros, pues con nuestras bocas y acciones confesamos individualmente al Hijo de Dios como Señor y Salvador personal. Todo creyente recibe la gracia multiforme de Dios (1 Pe 4::10, 5:5, 10; Apo 22:21). El cántico seguía resonando desde la profundidad del corazón de María al ensalzar la grandeza, la santidad y la misericordia de Dios. Reconoció las características de Dios como ser omnipotente, santo y misericordioso.

           

            “Porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas.

            ¡Santo es su nombre!

            Dios tiene siempre misericordia de quienes lo reverencian” (1:49-50 - VP).

 

            María se regocijaba en su Dios el Todopoderoso, fuerte y trascendente para obrar en su vaso (sierva) escogido. Su Señor y Salvador personal le había seleccionado a ella en su infinita misericordia para servirle a Él como madre de su único Hijo a pesar de su juventud y falta de experiencia. No lo merecía, pero Dios bajó del cielo para levantar a una jovencita de una insignificante aldea lejos de Belén, la ciudad de David, para que ella hiciera una obra aún más grande que la de Ester, quien sirvió como instrumento de defensa para salvaguardar a su pueblo de un baño de sangre en el imperio pagano persa. María iba a concebir como madre sin haber vivido con un hombre— una cosa única en toda la historia del pueblo escogido de Dios que descendía de Abraham. ¡Qué cosa más grande!

            Dios no usaba su poder para hacer cosas de mala manera porque eso mancharía su nombre, o sea, su misma naturaleza santa. No fue como los hombres dados al pecado, sino el Señor fue completamente separado y libre del pecado, siempre obrando con justicia y misericordia. Era uno que no se apoderaba de la gente o de su cuerpo sin su consentimiento; era uno que respetaba la pureza e inocencia de una doncella y señorita como María. Le dejó a ella tomar la decisión de entregarse voluntariamente al plan perfecto y puro de Dios. Nuestro Dios todopoderoso no iba a abusar de una muchacha u obligar o doblegarla a su voluntad. Su decisión se hizo a la luz de una explicación clara del ángel Gabriel para que pudiera superar sus posibilidades o potenciales naturales como ser humano y a la vez servir a Dios honradamente y en pureza y santidad. María alabó al Dios que demostraba y demuestra su misericordia generación tras generación, o sea, que tenía y tiene conmiseración, compasión y amor tierno y constante y para siempre para los suyos. El todopoderoso se preocupaba por el bienestar de su pueblo, tomando en cuenta su temor y su disposición de reverenciar su Nombre como Señor y Salvador personal. La actitud temerosa y reverente de la joven importaba mucho más que su clase socio-económica o su observancia de los ritos en el templo en Jerusalén. El cántico de María también alabó a Dios por su poderosa intervención a favor de los humildes,  pobres y necesitados.

                       

                        “Su Dios actuó con todo su poder: deshizo los planes de los orgullosos,

                        derribó a los reyes de sus tronos y puso en alto a los humildes.

                        Llenó de bienes a los hambrientos

                        y despidió a los ricos con las manos vacías” (1:51-53, VP).

 

            En estos versos María dio loores a Dios porque usaba su poder para defender a su pueblo de las naciones y sus líderes irreverentes, autosuficientes, egocéntricos, impíos y soberbios. Resaltan en nuestra memoria dos ocasiones del Antiguo Testamento cuando Dios usó su poder para derrotar los planes de los faraones de Egipto y del rey Senaquerib el asirio que sitió la ciudad de Jerusalén. El poder y los planes de los orgullosos y los sentados sobre poderosos tronos se cayeron. En la época del Éxodo los humildes esclavos hebreos salieron airosos cuando el poder de Dios mandó las diez plagas y las aguas del Mar Rojo tumbaron y tragaron a los soldados sumergiéndolos debajo de sus olas. En la época de aquellos que se escondieron detrás de los muros de Jerusalén de las tropas de los asirios, los hambrientos leprosos y demás enfermos salieron de la ciudad y festejaron la abundancia dejada atrás en el campo vacío de los enemigos. En cada época fueron enaltecidos los humildes y los pobres y los planes de los orgullosos líderes políticos, idólatras y paganos fueron hechos pedazos.

            María cantó también a Dios porque usaba su enorme poder para proveer para los pobres, los indefensos, los humildes y los desdichados de sus adversarios. En ambas épocas ya mencionadas encontramos que los hambrientos se llenaron de bienes. Los esclavos despojaron a los egipcios de sus riquezas y salieron libres del país con abundancia. De igual manera fueron despojados los militares asirios de su comida y sus bienes dejados atrás en el apuro de los asirios de huir y regresar a su país y ciudad capital Nínive (2 R 18:13 al 19:37). Los pobres indefensos, los humildes de Jerusalén se aprovecharon de la desdicha de sus adversarios. Estas palabras de María son en parte proféticas, porque pocos años después el grande y poderoso Herodes, celoso y cruel rey de Palestina designado por el emperador de Roma, quiso matar al hijo de la virgen madre en Belén, pero Dios usó su poder y autoridad para enviar un mensajero en el sueño de José para avisarle y a su familia de escasos recursos a huir a Egipto hasta la muerte de ese rico, egoísta, peligroso y maniático monarca. No fue la última vez en la historia que eso ha ocurrido, porque en años recientes Dios ha defendido a su pueblo perseguido en las cárceles de los potentes y poderosos gobiernos de los ateos fanáticos y religiosos de diversos países en Asia y África que odian al pueblo cristiano. En los próximos versículos la madre de nuestro Señor dio loores a Dios porque cumplió su promesa de ayudar y tratar así a su pueblo con misericordia.

                       

                        “Ayudó al pueblo de Israel, su siervo,

                        y no se olvidó de tratarlo con misericordia;

                        Así lo había prometido a nuestros antepasados,

                        a Abraham y a sus futuros descendientes” (1:54-55 - VP).

 

            María elogió a Dios porque extendió su mano misericordiosa para ayudar a su pueblo servidor. Eso mismo ocurrió con Jacob cuando tuvo que confrontar a su hermano gemelo que había hecho voto para matarlo, pero al final Dios calmó su espíritu rencoroso y odioso de manera que logró hacer la paz, viviendo luego en tierras distantes. El cuarto patriarca israelita José también encontró la mano protectora de Dios en la casa de Potifar, en la cárcel y ante el mismo faraón de Egipto. Aun sobrevivió victoriosamente sobre la mano de sus celosos hermanos, abriendo así camino para ellos a entrar a Egipto y vivir con sus animales en el delta fértil del río Nilo. Lo mismo hizo Dios al sucesor de Moisés con las 12 tribus al entrar a la tierra prometida de Canaán. Les proveyó un gran líder en el sabio Josué que dividió a sus enemigos paganos en su táctica de guerra y los venció después de que su Señor había derribado los muros de Jericó. Todo eso hizo el Dios libertador sin mencionar los casos del rescate de las manos de los feroces filisteos mediante el pobre joven pastor de ovejas que los conquistó.

            No olvidemos que todo cristiano como hijo (descendiente) de Abraham (Gá. 3:7) forma parte del pueblo de Israel. Dios abrió camino para Abraham en sus entradas y salidas de Egipto y también pastorea a su pueblo cristiano hoy que son descendientes de Abraham por fe. En los primeros tres siglos d.C. estuvieron bajo el yugo de persecución de los emperadores paganos politeístas de Roma y sus dioses. En los años tempranos en el Siglo IV Dios levantó un emperador que peleó en su nombre por los perseguidos y logró una tolerancia en el Imperio Romano y aun protegió a los cristianos, logrando así su rescate de sus perseguidores y verdugos. Algo así sucedió a los cristianos de la antigua URSS o Rusia comunista atea a finales de la década de los años 1980 a finales del Siglo XX. Hoy también somos testigos de que nuestro Soberano Dios Todopoderoso rescata a su pueblo que se encuentra atado en las cadenas del pecado. Y les da libertad de los vicios esclavizantes a una nueva vida de significado y paz en Cristo.

            Así también, nuestro Dios guió la historia de su pueblo Israel al cumplir sus promesas mesiánicas, aunque no lo hizo al instante innumerablemente. A través de muchos siglos Dios inspiraba a sus profetas como sus portavoces prediciendo la venida de un gran profeta, rey y sacerdote, descendiente de Abraham que libertaría a su pueblo e intercedería por ellos.[5] También introduciría un nuevo pacto que mejoraría el primero bajo Moisés, pues sus promesas serían mucho mejores (Jera 31:31-34), porque enviaría al Espíritu Santo que moraría en cada creyente y los guiaría, los perdonaría de sus pecados para siempre y cada uno tendría un conocimiento personal de Él sin la necesidad de ser instruido o enseñado por otro. La venida del prometido Mesías no se cumplió durante la vida de Abraham o David o Isaías o Jeremías. Tardó muchos siglos, pero Dios en su misericordia prometió y estaba obrando para finalizar sus planes en el tiempo propicio en la simple sierva o esclava María que dijo que sí estaba dispuesta a someterse al plan divino sin tomar en cuenta el costo personal. María se sentía agradecida, halagada y bendecida por ser la escogida por la gracia divina.

            Cabe señalar que tampoco hoy día Dios contesta nuestras peticiones al instante. Debemos ser hombres y mujeres de fe tales como los grandes héroes de la fe destacados en el libro de Hebreos capítulo 11. Podemos cantar con María con certeza a nuestro Dios por su gran misericordia que nos ayudará en todo momento de crisis cuando parece que ya no existe esperanza alguna.

Sus preguntas buscaban comprender mejor

 

            Son dos las preguntas que la madre de Jesús formuló en relación con las cosas que la inquietaban. La primera fue la que ella hizo al ángel Gabriel y la segunda a Jesús, su hijo, un joven de 12 años. José y María lo estaban buscando cuando lo encontraron en el templo; luego regresaron juntos a Nazaret. Se sorprendieron y maravillaron de Él, porque lo descubrieron escuchando y haciendo preguntas a los maestros en el templo en Jerusalén. Ambos estaban llenos de angustia, pues temían que lo peor le había ocurrido. Por eso, salió desde la profundad del corazón de su madre una pregunta a su Hijo. En vez de acusarle o condenarlo con una explosión de emoción, le hizo una simple pregunta para comprender sus motivos y ayudarle mejor – sin gritos, acusaciones, bofetadas, regaños o enojo. No perdió el control. Le dijo: “Hijo, ¿por qué te has portado así con nosotros? ¡Mira que tu padre y yo te hemos estado buscando angustiados!” (Lu 2:48 - NVI). Se dirigió a Él como “Hijo,” pues su preocupación por su bienestar brotó de su interior como madre. No le llamó un muchacho o un nombre feo como “tonto.”

            No obstante, en su pregunta había una sospecha o acusación indirecta, pues supuso que Jesús había actuado con malas intenciones o, por lo menos, por negligencia o por falta de consideración a ellos. Jesús respondió con sus propias preguntas, pensando que ellos debían haber entendido que la misión de su Padre celestial tomaría preeminencia sobre todo lo demás, inclusive a su relación filial. Es obvio que en el templo, en la casa de Dios en Jerusalén, Jesús sintió una presencia especial de su verdadero Padre. Por eso, no sintió culpabilidad de alguna cosa mala que hubiera hecho sino llevado por el Espíritu de Dios por las cosas espirituales, el tiempo había pasado sin Él darle importancia. Sin embargo, José y María no entendieron su respuesta acerca de los negocios de su Padre lo suficiente bien para contestarle. Aun estos padres consagrados no comprendieron a cabalidad a su propio hijo y su misión espiritual, como muchos padres hoy no comprenden a sus hijos. A pesar de la falta de comprensión, María atesoraba las palabras de su Hijo en su corazón en su típica humildad silenciosa. Pero seguramente en varias ocasiones los dos padres comentaron entre sí esas palabras misteriosas y enigmáticas de Jesús. Una vez más María se sometió a la voluntad de Dios y del Hijo de Dios sin sentirse humillada y Jesús, un hijo menor de edad, obedientemente los siguió a su pueblo de crianza de Nazaret. La otra pregunta de las dos que hiciera la madre de Jesús aparece también en el Evangelio de Lucas (cf. Lu 1:34) y la hizo al ángel cuando Gabriel le informó que iba a ser madre aunque todavía era virgen. En esa situación, ya analizada arriba, también se sometió humildemente a la voluntad divina aunque sin entenderla del todo.

 

 

Sus instrucciones y consejos sabios en Caná

 

            Las primeras instrucciones o consejos que María le hizo a Jesús fue en la boda de Caná: “No tienen vino” (Jn 2:3). Mediante esa expresión negativa estaba comunicando una necesitad de otros allí presentes ante la triste y angustiosa situación después de la llegada de Jesús con sus discípulos. Para la pareja contrayendo matrimonio sería una terrible vergüenza no poder proveer por lo menos el refresco acostumbrado en la ocasión especial e importante de la celebración del comienzo de una nueva vida familiar como esposo y esposa. Tal vez por eso, María tomó la iniciativa propia de comunicar a Jesús su necesidad y a la vez hacerle una petición indirecta. Es obvio que expresó su total fe en su Hijo. Debido a experiencias previas con Él, sabía que tendría la capacidad y habilidad de solucionar el dilema y situación vergonzosa. Por eso, formuló su preocupación por el vino a Jesús en el inicio de su ministerio público en Galilea. Después de todo, en muchas otras ocasiones en el pasado Jesús, ya un hombre de 30 años, le había solucionado diferentes situaciones que ellos confrontaron como familia. Ya que esta fue la primera señal milagrosa de Jesús, es de suponer que su madre no estaba anticipando una señal milagrosa de parte de su Hijo. Sin embargo, María actuaba como modelo para cualquier discípulo o creyente de ir directamente a Jesús cuando se confronta un dilema o una situación difícil en la vida. En respuesta, primero Jesús le hizo saber que su relación estrecha de madre e hijo ya había terminado y que en el futuro se vería como el Señor y Salvador de María, su madre. Pero a pesar de sus inquietantes palabras a su madre, Él decidió, por cuenta propia, que ese era el momento de demostrar su poder y gloria mediante su primera señal milagrosa con el propósito de aumentar la fe de sus discípulos (Jn 2:11) y no debido a la petición de su madre. No es consistente con el auto concepto de María expresado en sus palabras o alegar que actúo como mediadora. Ella misma tomó la iniciativa sin que otros se la solicitaran. Además, Jesús hizo claro que no obró en respuesta a la solicitud de ella. También los dos (Jesús y María) estaban conscientes de que la llegada de Jesús a la boda con sus discípulos había intensificado la angustia de la pareja que se casaba.

            Es importante reconocer la actitud de María expresada en sus palabras. No estaba pensando en su propio bienestar o gloria. Más bien estaba pensando en otros, sus necesidades, sus problemas y su situación de comenzar el matrimonio en una forma no problemática. Quería evitar una situación embarazosa, lamentable y lastimosa. Demostró así una gran madurez sin ningún sentido de egoísmo o deseo de enaltecerse a sí misma. Aunque quiso aprovechar su relación maternal, Jesús le dio a entender que Él cambió el agua en vino no por la intervención o intercesión de ella, sino por el bien de sus discípulos y de su misión redentora. Los próximos consejos de María se dieron en forma imperativa a los sirvientes en la boda en Caná: “Haced todo lo que él os diga” (Jn 2:5). Ella subrayó la importancia de las instrucciones y enseñanzas de Jesús, porque estaba completamente convencida de que su Hijo iba a obrar en bien de todos. No iba a ser opcional para ellos, entonces, hacer cualquier cosa que les pareciera bien. No, era obligatorio poner por obra absolutamente todas sus instrucciones. Únicamente así se podría solucionar una situación grave.

            El ejemplo, la actitud y las palabras de María son para nosotros hoy también. Ella confió plenamente en la capacidad de Jesús y nosotros también debemos seguir su ejemplo. No debemos desviar nuestra atención de nuestro Salvador y Señor a la madre o a la iglesia o a algún ministro o maestro o ser humano o enseñanza, sino poner nuestra fe completa en el Hijo de Dios. Además, sus instrucciones y consejos son palabras que debemos cumplir a cabalidad. Y eso es obedecer TODAS las palabras de Jesús. Sus palabras son vida, esperanza y proveen soluciones a las crisis y dolores de nuestras vidas. Seguirlas todas nos lleva en un sendero de paz, seguridad y a un futuro y destino feliz. Está claro que con firmeza y seguridad ella dio estas instrucciones exactas y directas y en forma de orden a los sirvientes en la boda pero aplican también a todos los siervos de Dios hoy. Debemos mostrar nuestra fe y confianza en su Hijo que siempre en forma responsable nos contesta porque Él siempre obra para el bien de nosotros (Ro 8:28) puesto que no sólo fue el Señor y Salvador de ella sino que quiere ser también tu Señor y Salvador si todavía no lo es.

 

¿A cuáles conclusiones podemos llegar con relación a las

humildes, bellas y sabias palabras de María?

 

            En el evangelio tenemos pocos vistazos fugaces del carácter de la madre de nuestro Señor, pero “Un rasgo dominante sobresale: su fe en Dios. La misma se evidencia en su humildad, obediencia, alabanza y conocimiento del Antiguo Testamento.”[6] Esa misma fe se manifiesta en sus palabras, conversaciones y relaciones con su Hijo, su prima y el ángel-mensajero de Dios.

           

             María siempre nos apunta a su hijo y nunca a sí misma, pues sabía que cualquier grandeza que ella tuviera siempre se debía a su relación con el Hijo de Dios, su Señor y Salvador. Es esencial notar que sus primeras palabras durante el ministerio público de Jesús fueron también las últimas de ella en las Sagradas Escrituras, como si la madre de Jesús entendiera, como fue el caso de Juan el Bautista, que su importancia descansaba en su relación con Jesús, pues la de ella, igual a la de Juan, iba a disminuir frente a la grandeza y superioridad de Jesús y su ministerio. Como ella señalara mediante esas últimas palabras, debemos hacer todo lo que Él diga. Entonces las palabras, instrucciones, obras, los mandatos y la persona de Jesucristo son siempre las más importantes para nuestra vida espiritual.

            Concluimos, pues, que los señalamientos y consejos de la madre de nuestro Señor son palabras de fe personal en Dios y el Hijo de Dios. María no se arrogó ningún poder para ella mismo. No reclamó un derecho o autoridad para ser abogada, intercesora o mediadora. Ni ella, ni los apóstoles ni los escritos bíblicos alegaron que María no pecó o nació sin pecado. Está claro que ella comprendió que su propia misión fue la de ser madre del varón santo y divino de Dios enviado a este mundo como Redentor. Sus palabras se hacen evidentes que nunca pensó de sí misma como la madre de la iglesia o la reina del cielo o una abogada ante el Señor para el pueblo de Dios. No era una madre perfecta, pero sí una devota y dedicada a su misión de madre del prometido Mesías y sirvió a toda su familia con igual devoción, inclusive a su esposo antes de enviudar (lógicamente). Fue una madre que sufrió sin expresar amargura, como lo hizo su antigua pariente Noemí, pues fue siempre una madre ejemplar y un modelo para las madres y los padres de su tiempo y de hoy. La debemos respetar e imitar sólo como una sabia madre de nuestro Señor y esposa ejemplar de José. Como padres y madres unidos en familia tenemos la misión seria y preciosa de criar hombres y mujeres que amen y sirvan sacrificialmente a nuestro Señor y Salvador y a su pueblo, como María supo hacerlo en Galilea en el primer siglo. De esa manera como madres y padres podemos glorificar a nuestro Dios.

(SD Mary’ word)

[1] Ver “¿Quiénes son los hermanos del Señor?” Las Doctrinas Sanas y las Sectas Malsanas, Tomo I:23-25.

[2] Para apoyar la imagen de María como reina celestial citan Apocalipsis 12:1-13 se la identifican con la mujer embarazada y vestida del sol con la luna debajo de los pies y una corona de doce estrellas sobre la cabeza. Pero ¿quién en realidad es la mujer? ¿María o el pueblo de Dios que a través de siglos sirve de matriz del Mesías? Definitivamente la comunidad del pacto de Dios, o sea, a iglesia antes y después de la cruz cumple esta descripción a cabalidad. Ver John P. Newport, El León y el Cordero (El Paso: CBP, 1989), 219, y George Eldon Ladd, A Commentary on the Revelation of John (Grand Rapids: Eerdmans Publishing Co., 1972), 167.

[3] Ver “¿Por qué Jesús no se aparece a su madre?” Doctrinas Sanas y Sectas Malsanas  VI:97-99.

[4] Entre los académicos estas palabras de María forman “el Magníficat” (Lu 1:46-55).

[5] Ver “Las profecías y los profetas,” DSySM I:58-63; “Profecías sobre la muerte del Mesías,” Sana Doctrina (Mar-abril, 2009), 1-6.         .

[6] International Standard Bible Encyclopedia (Eerdmans), “Mary” Vol 3:169.

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