La muerte de Cristo, ¿qué significa para nosotros?” DSySM Tomo I: 105-113.
Por:  Dr. Donald T. Moore

            La parte central de Dios en nuestra salvación fue la muerte de Cristo en la cruz del Calvario durante el primer siglo.  Por supuesto la muerte de Cristo es inseparable de su resurrección.  De otra forma sería solamente la muerte de otro hombre sin gran significado para nosotros hoy.  La muerte y resurrección de Cristo forman dos fases del evento cumbre del Nuevo Testamento.  Cada una implica la otra.

            La revelación en la Biblia del significado de la muerte de Cristo incluye tanto el evento histórico como la interpretación de su significado.  Tiene gran importancia como algo histórico a pesar de que muchas personas -- en especial durante la época de Semana Santa -- lo ven como algo mítico, algo que realmente no ocurrió, algo que les causa gran emoción y sentimiento al verlo presentado en película y en forma dramática en el gran retorno de todos los años.  Toda esta repetición año tras año junto a las lágrimas y sentimientos fuertes de la impresión de que todo fue una fábula ficticia, que algo real que ocurrió una vez en la historia unos dos mil años atrás.  Pero la revelación cristiana normalmente consta de dos partes como en este caso -- el acontecimiento en la historia y la interpretación del evento.

            Aproximadamente el 50% de los cuatro evangelios describen los eventos de la muerte de Cristo y su resurrección.  Narran con lujo de detalle su pasión y los dos procesos jurídicos, pero muy poco dicen en cuanto al significado o la interpretación de esa muerte.  Es solamente después de la ascensión de Jesús que los apóstoles comienzan a interpretar el significado de este evento.  Estas interpretaciones aparecen en sus sermones en el libro de los Hechos y en sus cartas del Nuevo Testamento.

            No la interpretan en una sola forma, sino que le dan varios significados.  Eso demuestra tanto su complejidad, como su profundidad de significado.  Es como un diamante que brilla en forma diferente de cada lado.  No importa en qué lado esté uno, se ve un nuevo aspecto significativo y bello de una sola joya. Así es la muerte de Cristo.  Su profundo significado no permite a que una sola explicación de abasto: por eso son necesarias muchas explicaciones para tratar de comprender el profundo significado que conlleva para la fe cristiana, porque se trata del evento más importante narrado en toda la Biblia.  Algunos de los términos usados para describir su profundo significado incluyen la justificación, la redención, la reconciliación, la salvación, el perdón, la remisión del pecado, el precio del rescate, la santificación, la adopción y la liberación.

            Nos limitaremos aquí a analizar solamente algunas de estas doctrinas a base de los pasajes más claros y más clásicos para ver y entender mejor estos aspectos del significado de la parte esencial de Cristo en nuestra salvación.

 

UNA SOLA VEZ PARA SIEMPRE

 

            1 de Pedro 3:18 dice que "Cristo mismo sufrió la muerte por nuestros pecados, una vez para siempre". Está claro que no delegó la obra expiatoria a ningún otro: nadie más ha sufrido por nosotros -- ningún otro santo o virgen o profeta o ser humano que haya vivido.  Solo Cristo nos ha amado tanto para sufrir así por ti y por mí.  Su obra es única.  Al decir que "Cristo mismo" murió (1 Pe.), hace claro que Cristo Jesús en persona murió en la cruz. Dios no sustituyó a otro hombre en el último momento y así proteger al profeta Jesús de una muerte avergonsoza. No se trataba de alguien que se parecía a él quien fuera crucificado. Tampoco era que la gente crucificó a otro por equivocación, creyendo que era él. El Corán y el Islam niega enfáticamente a que el profeta Jesús haya muerto en la cruz, pues eso hubiera significado la derrota de un profeta de Dios, y eso Dios nunca hubiera permitido. No obstante, los apóstoles hacen claro que fue el mismo cuerpo del hijo de María que fuera crucificado en la cruz, pero lejos de significar una derrota, fue una victoria aplastante. También está claro que murió.  La historia de Jesús no es un mito, realmente ocurrió, fue un evento histórico; definitivamente sufrió la muerte durante el primer siglo en los tiempos de Poncio Pilato y el emperador Tiberio.  Pero no murió para su propio beneficio, sino para beneficiarnos.  Hizo la obra en la cruz del Calvario a favor de nosotros.  Se trata entonces de una muerte vicaria o sustitucionaria.  El sufrió lo que tu y yo merecemos debido a nuestros pecados.  Cargó con ellos sufriendo las consecuencias de la muerte por nosotros.

            Además lo hizo "una vez para siempre". Esto significa que nunca se tiene o se puede repetir su obra expiatoria.  Los efectos benéficos de ella perduran por toda la eternidad.  No se trataba de un sacrificio eficaz solamente para unos cuantos años, sino de una ofrenda por el pecado de tanto valor y eficacia, que jamás se tiene que repetir, aún en forma incruenta (sin derramamiento de sangre). En Hebreos cinco veces en tres capítulos (7:27:9:12, 26, 28; 10:12) el escritor sagrado repite esta misma frase para contrastar los efectos permanentes e infinitos del sacrificio de Cristo con los sacrificios regulares y frecuentes de los animales como fue estipulado en el Antiguo Testamento y practicado por los judíos.  Los efectos de estos sacrificios en el templo de Jerusalén eran temporeros, no duraron más de un año y frecuentemente menos, porque el holocausto se repetía a diario en el templo y con frecuencia varias veces al día.  No es así el sacrificio de Cristo de si mismo por nuestros pecados; al hacer un solo sacrificio hace 20 siglos, hoy día no queda necesidad para más ofrenda por el pecado.

            Se simbolizó el fin de todos los sacrificios por el pecado cuando Jesús murió en la cruz.  No solamente dijo "consumado es" (Jn. 19:30), sino también el velo entre el Lugar Santo y el Santísimo Lugar en el único templo judío se partió desde arriba hasta abajo (Mt. 27:51 Mr. 15:36; Lc. 23:45). Su importancia se ve en que se hace resaltar en cuatro lugares en el Nuevo Testamento.  Una parte del significado de este acontecimiento narrado por los tres evangelistas y en Hebreos 10:19-20 fue para proclamar que el significado perfecto y de infinito valor en su alcance ya fue ofrecido en la cruz, en el cuerpo de Cristo y que desde ese momento hasta el fin del mundo no quedaba ninguna necesidad para más sacrificios hechos por cualquier ser humano.

            Hebreos 7:27-28 nos informa del sacrificio del mismo Cristo hecho "una sola vez" Esa singularidad en parte se debe a que Cristo, como sumo sacerdote fue perfecto.  Así que el Hijo como sacerdote lo hizo perfecto para siempre.  Así mismo Hebreos 9 nos informa que una sola vez y para siempre Cristo ha entrado al santuario del cielo que es más perfecto que el terrenal.  De esa forma el Hijo ha obtenido para nosotros una salvación eterna.  Además su sacrificio en el Calvario supera a todos los demás, porque "su sangre" hace más que purificar la parte externa, también limpia nuestra conciencia.  Ese sacrificio supera a los ofrecidos por los sacerdotes en templos humanos donde se repite el sacrificio frecuentemente usando sangre ajena; Cristo entró al santuario celestial ofreciéndose a sí mismo en sacrificio para quitar el pecado "una sola vez y para siempre" (9:26-28).  Esa única vez fue lo suficiente para ofrecer uno perfecto y de valor y alcance infinito; por lo tanto, fue permanente y no temporera.  Además Hebreos 10 nos informa que en realidad los sacrificios del Antiguo Pacto, en vez de quitar sus pecados, les recordaban los mismos.  En verdad estos sacrificios no agradaban a Dios, pero si le agradó sacrificio del cuerpo de Jesús "una vez para siempre" (10:10).  Y luego de ofrecer "un solo sacrificio para siempre", se sentó a la derecha de Dios - y eso indica que no solamente había terminado su obra y ahora esperaba el triunfo final sobre sus enemigos, sino que ya tendría el oído del Dios Padre para interceder.  Pudo sentarse sólo "porque por medio de una ofrenda hizo perfectos para siempre a los que han sido consagrados a Dios" (10:15).

            Y todo esto significa que desde que los pecados fueron perdonados, "ya no hay necesidad de más ofrendas por el pecado" (10:18) -- ni humanas, ni sacerdotales, ni eclesiásticas, ni personales y tampoco de parte de Dios.

 

EL PRECIO DE REDENCION Y DE RESCATE

 

            I de Pedro 1:18-19 hace claro que se tuvo que pagar un precio muy caro por nuestra salvación.  Tan claro era, que exigía la muerte del mismo Mesías, el único Hijo de Dios.  Era tan costoso que no se podía pagar con dinero de plata o de oro o con cualquier cosa corruptible, como la sangre humana o animal.  Se exigía un sacrificio perfecto, por eso el "gran precio" (I Cor. 7:23) de nuestra redención o rescate sólo se podía pagar con la "sangre preciosa" del Mesías.

            La palabra "redención" se asociaba con la esclavitud y el precio pagado por la emancipación del esclavo.  Visualiza el significado de la muerte de Cristo en términos de nuestra esclavitud al pecado, los vicios y sus consecuencias, incluyendo la muerte.  De manera que Cristo pagó todo el precio necesario para efectuar nuestra liberación.

            La palabra "rescate" sugiere un secuestro o rapto.  Visualiza el significado de la muerte de Cristo en términos de que nosotros hayamos sido secuestrados por el pecado y que la única manera de salir libres sería pagar todo el precio exigido.  Desde luego Cristo y nuestro Dios (I Cor. 6:20) pagó todo este precio por la salvación tuya y la mía.  No nos queda en lo absoluto por pagar, e intentar pagar con obras morales y ceremoniales sería como una bofetada para El o como escupirle en la cara.  ¿Qué fue lo que compró? ¿El alma? No, según este texto, compró nuestro cuerpo que ahora también es posesión de Dios.

            En la 1 Timoteo 2:5-6 se hace resaltar este concepto de un precio asociándolo con la relación singular de Jesucristo como el único hombre que puede llevarnos a Dios por ser el único mediador entre Dios y el hombre.

            Esto se debe a que sólo Cristo se entregó a la muerte con el fin de pagar todo el precio de rescate de nuestra salvación.  Si Cristo efectivamente pagó todo el precio, ¿Cuánto nos queda a nosotros por pagar?  Por supuesto, no nos queda nada en lo absoluto, y si tratamos de insistir en pagar una parte por medio de la moralidad o por otras obras, sólo ofendemos a "Dios nuestro Salvador" y no logramos lo que nuestro orgullo desea.  Por eso en parte solamente "muchos" (Mr. 10:45) -- no todos -- son efectivamente rescatados a pesar de que se pagó "por todos" (1 Ti. 2:6).

 

EL PERDON DE NUESTRAS CULPAS Y PECADOS.

 

            Gracias a su gran amor y las riquezas de su gracia, además de la redención como creyentes, tenemos "el perdón de nuestras transgresiones" (Ef. 1:7, 1 Jn. 4:10).  Un término técnico que expresa esta idea es la remisión de los pecados; Dios ha enviado nuestros pecados a una distancia tan lejos que ni siquiera se acuerda de ellos.  La palabra transgresión sugiere "fallar en el blanco".

            El apóstol Juan lo expresa de la siguiente manera: "la sangre de su Hijo nos limpia de todo pecado" (1 Jn. 1:7).  Lo ve en términos de limpieza. Nos ensucia el pecado, haciendo necesaria una limpieza.  Para efectuarla el precioso líquido de la sangre del Hijo de Dios limpia "nuestro vaso" por completo: somos limpios de todo pecado, y esto envuelve lo que cometemos en el pasado y en el presente y también los que cometeremos en el futuro.  Esto es, los de ayer, de hoy, y de mañana.  Además se trata de toda clase de pecado, se nos limpia aún de los pecados más infernales, los mortales y veniales.  No hay ninguna clase de pecado que este "detergente" del hijo de Dios no logra eliminar.  Tampoco esta su ofrecimiento en sacrificio limitado a unos cuantos favorecidos o a una raza o clase de personas en particular, sino que tiene un alcance "a los de todo el mundo" (1 Jn. 2:2).

 

NUESTRA LIBERACIÓN

            Es posible expresar el perdón en términos de liberación.  Así lo hizo Juan en Apocalipsis 1:5 la sangre de Cristo nos libró del pecado.  A veces en la Biblia la sangre de Cristo es una expresión para indicar su muerte, como en este caso.  Su muerte nos ha dado la libertad de la tiranía del pecado.

            El hecho de que tenemos que ser librados por otro, sugiere ciertas características de nuestra condición existencial que Pablo describe en forma explícita en Romanos 5:6-11.  Cuando éramos débiles o incapaces de salvarnos.  Cristo murió por nosotros (v. 6).  Nuestra condición era como uno que está a punto de ahogarse en la profundidad del mar.  No podía hacer nada para salvarse a sí mismo: los esfuerzos propios sólo hacían acercarse el fin más rápido.  Ningún ser humano puede obrar o efectuar su propia salvación.  Además cuando éramos pecadores (V. 8).  Cristo murió por nosotros.  Eramos incapaces de salvarnos por ser desobedientes, pecaminosos, rebeldes y orgullosos.  Así mismo cuando éramos enemigos.  Cristo murió por nosotros (V. 10).  Pocos se consideran enemigos de Dios, pero todo pecador antes de ser librado del pecado se encuentra en enemistad con Dios por no haberle obedecido en todo momento.

            Debido a nuestra condición de debilidad, de pecador y de enemistad con Dios, era necesario que otro nos librara.  Cristo efectúa nuestra libertad por su sangre.  También nos libra de la culpa y de la ira de Dios o el "castigo final" que justamente merecemos (V. 9).  No hay que temer el castigo final, porque el cristiano ya ha sido librado de él.  Así mismo nos libra de la "presente época malvada" o del "presente mundo perverso" (Gá. 1:4).

            Esta idea de nuestra liberación o emancipación por Cristo es contraria a lo que piensan muchas personas hoy.  Frecuentemente preguntan, "¿qué tengo que dejar de hacer si me meto en tu religión?"  La idea es clara.  Creen que ya tienen libertad y meterse en la religión sería una especie de esclavitud.  ¿Obtendrían esta idea de lo que exigen muchas denominaciones con sus múltiples reglas humanas impuestas por algunas iglesias?  De todas formas es una idea totalmente contraria al verdadero significado de la muerte de Cristo.

 

NUESTRA VICTORIA

 

            Jesús vino en la carne y sangre como ser humano con el propósito de destruir el poder y dominio del diablo por medio de su muerte (Heb. 2:14-15). Colosenses 2:14-15 y 20 hace claro que la muerte de Cristo significa el poder de Dios para dar una nueva vida victoriosa a su pueblo. Lo libra de la sentencia merecida de la condenación y hace posible la promesa de la resurrección del cuerpo de cada seguidor que haya muerto. Era una victoria sobre la muerte efectúa del perdón de todos los delitos y pecados (I Jn. 1:7). A través de su muerte en la cruz Jesús hizo nulo la sentencia de condenación que merecíamos como pecadores y violadores de la ley de Dios. Así que nos dio la victoria final acabando con la vigencia de la ley y su sentencia por medio de su muerte en el Calvario.

            Esta victoria, triunfo o conquista de Cristo en la cruz incluía el vencimiento de los poderes y espíritus malignos existentes en el universo. Los vocablos "principados" y "autoridades" se refieren al diablo y a sus huestes demoníacos (comp. Ef. 1:20-21; 3:10; 6:10-12). La derrota de estos poderes malignos fue completa, final y aplastante, pues los desarmó, los capturó y los llevó presos en un desfile victorioso parecido a lo que los generales del ejército Romano acostumbraban hacer al regresar con su botín de guerra a Roma. Fue un desfile delante toda la ciudad exhibiendo los prisioneros de guerra delante de todos. La exhibición pública de las fuerzas demoníacas los exponía a la burla puesto que el triunfo sobre ellos se hizo por medio del mismito instrumento que ellos pensaron usar para la derrota de Jesús. ¡Que ironía! El árbol que todos creían que fuera la causa de su derrota se convirtió en el instrumento de su triunfo. El instrumento de su desgracia y su muerte por medio del cual el diablo pensó vencerle se transformó en el arma de su propia destrucción.

            Este triunfo fue posible debido a la muerte de Cristo en la cruz en cumplimiento a la primera profecía mesiánica en Gén. 3:15 donde se profetiza que la descendencia de la mujer propinará un golpe mortal a la de la serpiente. De manera que la victoria sobre Satanás y sus secuaces fue completo e irrevocable. Sólo quedaba ahora la limpieza final. Pero Jesús, el Señor y el Rey de reyes, hará eso conforme a su plan redentor en el final de los tiempos (Ef. 1:20-23; Apo. 1:17-18; 12:1-17).

            Existen dos símbolos que las iglesias usan con frecuencia para simbolizar la redención de Cristo en la cruz. Uno representa a Cristo como la víctima y el otro como el vencedor, el conquistador, el triunfador. El primero es el crucifijo y el otro es una cruz vacía. Los dos representan diferentes fases del significado de la muerte de Cristo, y ni uno ni el otro por sí solo representa todo el significado de su muerte debido a que Cristo era víctima a la vez que era vencedor. Su disposición de ser la víctima hizo posible su triunfo. Su humillación hizo posible su exaltación. Juan el Bautista expresó su muerte como víctima cuando dijo a sus discípulos, "He aquí el cordero de Dios que quita el pecado del mundo" (Jn. 1:29). Esta descripción cuadra muy bien con la profecía el siervo sufriente en Isaías 53. No obstante, recoge solamente una parte del significado de la muerte de Cristo.

            De otro lado es vencedor y esta realidad se expresa con el símbolo de una cruz vacía que a su vez indirectamente señala el hecho histórico del poder de Dios en la resurrección. Pues Jesús no se quedó colgando de la cruz como un muerto agonizando por la eternidad. sino se levantó victoriosamente de la muerte efectuando así su propio triunfo y el nuestro. A la vez despojó todas las fuerzas malignas del poder que tenía para encadenar y esclavizar al pueblo cristiano. Todo esto se anticipó durante la vida de Jesús, pues en los evangelios todos sus encuentros con los demonios y endemoniados culminaron en la derrota de ellos. Una y otra vez Jesús libertó a la gente necesitada y adolorida de los demonios y de esa manera demostró tanto su poder sobre el diablo como la llegada del reino de Dios al mundo (Mt. 12:22-29; Jn. 12:31; 16:11; 1 Jn 3:8). Aun ellos reconocían esa derrota desde el primer momento de su encuentro (comp. Lu. 9:26-39).

            Esta victoria de Cristo sobre el maligno garantiza también nuestra victoria sobre Satanás y los espíritus malignos (1 Jn. 4:4), pues ya se peleó la batalla decisiva entre Dios y las huestes de maldad en la cruz. Ya el destino de ellos está sellado, está determinado, ya han recibido el golpe mortal, su sentencia ya fue pronunciada. Aunque todavía nuestro "adversario, anda alrededor como un león rugiente buscando a quién devorar" (1 Pe. 5:8), a su autoridad y poderío se ha puesto freno. Por lo tanto, ya sus días son contados (comp. Apo. 12:12). Además el cristiano tiene la promesa de que ahora el maligno huirá de él (Santiago 4:7; 1 Pe. 5:9). El enemigo y sus secuaces ya están derrotados. Debido a eso el cristiano no tiene porqué temerlos, pues el maligno ha sido arrestado, salió convicto y fue sentenciado a la cárcel y en este momento está libre temporeramente debido a una fianza (comp. Mt. 25:41; 1 Cor. 15:24-28; Apo. 20:7-10).

 

NUESTRA JUSTIFICACIÓN

 

            La muerte de Cristo también hace posible nuestra justificación.  La Versión Popular parafrasea este término técnico con dos frases que se consideran definiciones.  Justificar quiere decir "declarar libre de culpa" o  "libre de culpa". La justificación es uno de los términos principales usado en los libros de Romanos y Gálatas.

            Uno de los pasajes claves es Romanos 3:21-28 donde asocia estrechamente la parte de Cristo en la salvación con la parte del hombre.  La sangre de Cristo hace posible la justificación (Ro. 3:25).  Todos somos pecadores e incapaces de alcanzar la gloria de Dios.  Por eso Dios optó por escoger una forma de expiación que satisficiera su demanda para la justicia divina: su voluntad que había sido violada por nosotros; como consecuencia alguien tenía que sufrir el castigo merecido; Cristo era la víctima escogida.  Por lo tanto no se nos exige el cumplimiento de la ley para ser justificados (declarados libres de culpa).

            La palabra justificación visualiza un tribunal de justicia donde el juez exonera al culpable del castigo, porque otro había sufrido el castigo.  Por lo tanto, el juez declara al culpable justificado o inocente o libre de culpa a base de lo que hizo su sustituto.  Para poder aplicar esta justificación a cualquier ser humano o para uno recibir el beneficio de la muerte de Cristo, se exige el cumplimiento de la condición - la fe en Cristo.  Potencialmente todo ser humano podía ser justificado, pero solamente aquellos que ponen su fe en Cristo podrán disfrutar del beneficio de su obra expiatoria.  No se debe pensar en la exoneración o declaración de inocencia del juez como algo meramente legal, porque va más allá de la mera legalidad.  Envuelve también el aspecto vital del ser humano.

 

NUESTRA RECONCILIACIÓN

 

            Desde los tiempos de Adán y Eva el pecado separa al hombre de Dios.  Cuando Adán se escondió de Dios, evidenciaba esta separación.  Hoy expresiones como "siento que mis oraciones no pasan de este techo" y "me siento vacío" lo indican como una realidad existencial.

            Dios es el único que puede poner al hombre en paz consigo mismo.  Y esto es la primera forma en que la muerte de Cristo efectúa nuestra reconciliación.  2 Cor. 5:15-21 es el pasaje clásico sobre la reconciliación entre el hombre y Dios.  Dios -- estando en Cristo -- proveyó para esa paz consigo mismo por medio de la muerte de Cristo; de esa manera no culpa a cada persona por sus propias transgresiones.  San Agustín expresó esta idea diciendo que el hombre no encuentra paz hasta que la halle en Dios.  A la vez que uno es reconciliado con Dios también se convierte en un embajador o emisario que trata de efectuar la reconciliación de otros con Dios, estimulando a otros a hacer las paces con El.  Col. 1:20-22 también hace resaltar que lo que reconcilia a uno con Dios, lo que trae la paz con Dios, es la sangre de Cristo.  Esta transforma enemigos de Dios o personas preocupadas por las malas obras en santos perfectos delante del juez celestial.

            La reconciliación entre otras personas es la segunda manera en que la muerte de Cristo reconcilia.  Desde los tiempos de Adán y Eva existía desarmonía entre los seres humanos, como se ve en los casos de la primera mujer y el primer hombre y de Caín y Abel.  Efesios 2:13-16, 22 indica la formación de una nueva comunidad espiritual creada por Cristo por medio de su muerte.  En un tiempo los gentiles o los no-judíos que estaban lejos de Dios y así separados del pueblo de Dios y así separados del pueblo de Dios eran enemigos.  No obstante Cristo "abolió la ley de los mandamientos" que los separaba y creó un sólo cuerpo de estos dos pueblos.  De esa manera destruye la enemistad entre ellos.  Esto significa que para ser reconciliado no es necesario observar las leyes mosaicas ya abolidas por Cristo en su muerte (compare Col. 2:14).  La muerte de Cristo, por lo tanto, no solamente significa paz entre el creyente y Dios sino también efectúa una paz y unidad entre enemigos o entre personas que no se llevan bien.

            La tercera manera en que la muerte de Cristo efectúa una reconciliación se ve en relación con todo el universo o cosmos (Col 1:20) y su renovación.  Desde el pecado de Adán y Eva el universo se veía dañado por la desobediencia, el orgullo y la rebeldía del hombre (Gén. 3:17-18).

 

NUESTRA NUEVA VIDA

 

            Cristo murió con el propósito de darnos una nueva vida. Sufrió la muerte para que vivamos una vida de rectitud siguiendo el ejemplo de Jesús (1 Pe. 2:21-25).  No murió con el fin de enseñarnos a morir.  ¿Cuántos de nosotros tenemos que morir sufriendo la agonía única de una crucifixión?

            ¿Cómo es esa vida nueva?  Es como la de Cristo, porque nos dio un ejemplo para que seamos como El (v. 21).  Vivió su vida sin pecar sin engañar a otros.  Era humilde.  No era un respondón cuando otros le decían algo mal.  No contestaba con insultos a los que le insultaban.  ¿Se acuerda cuando los soldados de Herodes se burlaban de él?  Se quedó dado.  No amenazaba con fuego del cielo, como mandaba Elías cuando los soldados del rey le fueron a capturar.  Tampoco escuchó los fogosos consejos de sus discípulos (Lu. 9:53-54).

            Además cuando el estaba en la cruz.  Oró por sus enemigos, encomendándolos al Dios justo.  No era una oración como muchos hacen: "¡Qué Dios se los pague!" sino "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Lu. 23:24).  Esteban (Hch. 7:60) siguió este ejemplo que es para nosotros también y en especial cuando sufrimos.  Esta es la clase de vida que el quiere darnos.  Envuelve una convivencia más profunda que una moralidad legal, porque El nos enseñó como amar en hecho. (1 Jn. 16:18).

            Es también una vida que vivimos conforme al Espíritu (Ro. 8:3-4) y no conforme a la carne.  Además es una vida que vivimos para él (2 Cor. 5:15).  No quiere que nosotros vivamos solamente para nosotros mismos, sino que nuestro interés principal debe ser su causa.  Ya que el hombre natural vive una vida egoísta.  Cristo la transforma en una vida preocupada por los intereses de Dios y su causa.

            Además esa nueva vida es una con propósito; es una que tiene sentido, una vida útil.  Por eso dio su sangre preciosa sacando a la persona de una vida sin sentido (1 Pe. 1:18).

            Por último también es una vida vivida juntamente con El (1 Tes. 5:9-10).  Dios no quiere que pasemos esta vida y la otra separada de El.  Su amor es tal que quiere nuestra compañía para siempre, aunque otros no puedan soportarnos ni siquiera por un tiempo corto.  Su amor para con nosotros no es nada superficial o pasajero: es tan profundo que El puede aguantar nuestra presencia con beneplácito por toda la eternidad sin cansarse de ella.

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